Por Sermo Ferox
Hay algo profundamente insolente en la manera en que la UDI parece entender el Consejo Regional de Aysén: como una especie de silla musical, donde los electos abandonan el cargo para asumir puestos de confianza en el mismo Gobierno Regional, o los abandonan para integrar el gobierno, o bien, ingresan como Jefes de División para terminar sentados como CORE. Pintoresco, curioso, ordinario.
Lo verdaderamente preocupante, sin embargo, no es que los políticos tengan aspiraciones. Es perfectamente legítimo. Lo preocupante es que una institución concebida para representar territorialmente a los habitantes de Aysén termine convertida en trampolín de carreras políticas recicladas y reserva de cargos para la maquinaria partidaria. Acá conviene recordar algo elemental: el Consejo Regional no es una agencia de colocaciones de la UDI, ni una herramienta de la mesa directiva del partido, ni menos un botín de guerra.
El propio Gobierno Regional y la reglamentación vigente señalan que el CORE está integrado por 14 consejeros y que su finalidad es hacer efectiva la participación de la comunidad regional, ejerciendo funciones normativas, resolutivas y fiscalizadoras. Nada se menciona sobre las necesidades de la UDI, o sobre los anhelos de sus cuadros políticos. Eso significa que el consejero regional no está ahí para esperar su turno en el organigrama del GORE, ni menos para probar el poder cuando otro consejero tenga aspiraciones en el Gobierno.
Cuando un consejero regional pasa del CORE a una jefatura de división, luego su reemplazo abandona el cargo para asumir como SEREMI, y termina ocupando el cargo original una jefa de división que ni cerca estuvo de obtener votos para ser electa consejera, la pregunta inevitable es si estamos frente a una legítima actuación administrativa o frente a la utilización conveniente y personal de una institución democrática como mecanismo para abultar la cuenta corriente y las apariciones en prensa.
Aquí el gobernador Marcelo Santana tiene una responsabilidad que no puede esconder detrás de la formalidad administrativa ni en sus curiosos reels. El no es un mero espectador de estos movimientos. Es el jefe del Gobierno Regional y, además, preside el Consejo Regional, lo que debiera implicar un celoso manejo de sus asuntos, entendiendo que lo que ahí ocurre tiene repercusiones generales en la región, no solamente en los vaivenes internos de su partido político ni en el estado anímico de quienes lo apoyaron en campaña.
Por eso, cuando desde su administración se tolera —o peor aún, se promueve— esta especie de puerta giratoria entre cargos de confianza y representación política, la cuestión deja de ser exclusivamente partidaria, y pasa a ser parte de lo que la ciudadanía no quiere ver más en política. Acomodados, acomodadas, electos sin votos, y gente que hace de la política una profesión rentable y duradera en el tiempo. Pasa a ser institucional el asunto, lo que es grave, porque una cosa es que un consejero deje su cargo para asumir una responsabilidad ejecutiva. Otra muy distinta es que el CORE termine pareciendo la sala de espera de los dirigentes de un partido que gobierna la región, y que constantemente mueve piezas entre un cargo y otro, sin atisbos de pudor, lo que quizas habla elocuentemente de sus verdaderas intenciones, o bien, nos permite comprender su visión de “desarrollo regional”.
Aquí aparece una ironía deliciosa. La UDI suele hablar con entusiasmo de mérito, institucionalidad, responsabilidad, probidad y respeto por las instituciones, y en campaña fueron vehementes respecto a sus credenciales autoimpuestas de excelencia administrativa y capacidad para “hacer bien las cosas”. No olvidemos que el mismo Gobernador se ha encargado de ubicar familiares en puestos públicos sin concursos ni sorteos, claramente con rentas atractivas y sin cuestionamiento alguno de quienes hace menos de un año gritaban a todo pulmón el fin a los pitutos en la administración pública.
Entonces habrá que preguntar: ¿La gente eligió candidatos de la UDI para asegurar al partido cupos con los que definir su agenda interna? ¿La UDI lleva nombres a las elecciones para después moverlos al cargo que más conviene? ¿El Gobernador está enfocado en el desarrollo regional o en las cuentas corrientes de sus seguidores más cercanos?. Aparentemente el desarrollo comienza por casa.
El problema no es la UDI en sí. El problema es cualquier partido que confunda poder institucional con patrimonio propio. Hoy es la UDI. Mañana podría ser cualquier otro.
Tenemos una región donde las carencias abundan, ni hablar de desarrollo. Donde la descentralización todavía está intentando demostrar que significa algo más que trasladar oficinas, presupuestos y cargos desde Santiago. Por eso resulta particularmente contradictorio que quienes dicen defender la descentralización terminan tratando al principal órgano colegiado regional como una cantera de operadores políticos.
El CORE no está solo para fabricar carreras políticas ni para rescatar algunas ya añejas. No es una plataforma de lanzamiento. No es una bolsa de empleo. No es una reserva de dirigentes. La pregunta, entonces, es bastante más incómoda que preguntar quién fue nombrado, quién salió o quién volvió:
¿El Consejo Regional de Aysén es una institución democrática destinada a representar a las provincias, o se ha convertido en un botín político convenientemente administrado por un partido político?
Si la respuesta termina siendo la segunda, entonces no estamos hablando simplemente de una mala señal. Estamos hablando de una pequeña, pero peligrosa, demolición de la democracia regional, cocinada en el mismo Gobierno Regional bajo las narices de su consejo, que ante el silencio, podría convertirse en cómplice de estos convenientes movimientos