* Por Gustavo Pantanalli
Por distintas razones, durante las últimas semanas me he encontrado vaciando libreros y aparadores. También he visto a mi hermana hacer lo mismo. Uno empieza sacando libros y termina encontrándose con versiones anteriores de sí mismo.
Aparecen libros de origen desconocido y cuidadas ediciones de Taschen que aún conservan imágenes que nunca había visto. Hoy Pinterest permite encontrar en segundos miles de imágenes sobre cualquier tema. Sin embargo, sospecho que antes me encontraba con muchas más cosas que nunca se me habría ocurrido buscar.
De niño recuerdo las colecciones literarias que venían con Ercilla, Qué Pasa o los diarios. TVN las anunciaba y después había que encontrarlas en alguno de los escasos kioscos de Coyhaique. Esos libros terminaban en cientos de casas y allí se quedaban, leídos o no, formando parte del paisaje doméstico de una generación.
En la Patagonia de mi infancia tampoco veíamos toda la televisión del resto del país. No había Canal 13. Yo podía explicar a cabalidad las desgracias de los Grimaldi y los infortunios matrimoniales de las hijas de Rainiero, pero ni siquiera sabía quién era Nice. Sí, Nice, la de Ángel Malo. ¡Hola! había llegado primero.
En mis treinta, hacia 2005, mi sábado tenía un rito preciso: que no me hablaran, café negro, El Mercurio y La Tercera en sus voluminosas ediciones de fin de semana. Separaba los insertos y revistas de decoración, empezaba el diario desde atrás y después de las once me duchaba.
Mi curiosidad —algunos la llamarán esnobismo— hizo que durante años recibiera las subscripciones americanas de Vanity Fair, GQ o Interview. Por sus páginas pasaron Claudia Schiffer para Guess, Kate Moss para Calvin Klein o Gisele Bündchen hasta el hartazgo para Chanel. Campañas de tres o cuatro páginas, fotografiadas por nombres de talla mundial, vendían productos e idearios de estilo. Nadie se quejaba de cuarenta páginas de publicidad: algunas eran mejores que el contenido editorial y, sin advertirlo, educaban nuestra retina.
Y estaban los kioscos.
Buenos Aires, Río, Madrid, Nueva York, París o Tokio podían explicarse a sí mismas en un ancho de dos metros y medio. Política, frivolidad, comercio y cultura popular convivían allí. Era una instantánea del imaginario de un país.
En Chile, la extinción de los kioscos de impresos fue brutal. En Buenos Aires todavía pueden convivir en la vereda el diario, una revista española de tejido, publicaciones nacionales e importadas, libros semanales y esos improbables coleccionables por fascículos. Desde la primera entrega de un Volkswagen Escarabajo a escala hasta la última, probablemente uno podría haber financiado el automóvil real.
Cuando volví a Coyhaique, los diarios comenzaron a llegar cerca de las dos de la tarde. Para entonces ya había leído todo en Internet. Ya no tenía sentido comprarlos.
Ganamos algo extraordinario: acceso casi infinito. Pero ese acceso también fue estrechando el azar. Si por curiosidad miramos tres cocinas brutalistas en Pinterest, recibiremos otras trescientas que nunca pedimos. El viejo diario, una revista, un libro regalado o un kiosco ponían delante de nosotros cosas que jamás habríamos pensado buscar.
No era necesariamente mejor. Era menos dirigido.
En abril, mi otra hermana volvió de Madrid, donde había ido a visitar a mi sobrina. Me había traído unas revistas ¡Hola!, casi como contrabando de una mercancía secreta y perfectamente inútil. Allí seguían Isabel Preysler, la reina Sonia de Noruega, algún Grimaldi, bodas, toreros muertos hacía cuatro décadas y la Pantoja.
Y seguíamos allí nosotros también.
Ahora tenemos todo al alcance de la mano. Lo que cuesta un poco más encontrar es aquello que nunca se nos ocurrió buscar.
* Gustavo Pantanalli es escritor, emprendedor e hijo de Aysén.