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La corrupción es buena si involucra progreso

Esta semana nuestro columnista Sermo Ferox apunta sus dardos a la gestión del alcalde de Coyhaique, Carlos Gatica.

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Aysén
La corrupción es buena si involucra progreso
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Por Sermo Ferox

 

El título de esta columna no pretende declarar afinidad con la corrupción ni con sus múltiples y creativas variantes. Más bien, busca incomodar un poco y poner en cuestión lo que viene ocurriendo en nuestro siempre ventoso Coyhaique, donde al parecer la ética es flexible y la memoria, selectiva.

 

Desde hace un tiempo se ha configurado en el Concejo Municipal una suerte de “bancada fiscalizadora”, integrada —curiosamente— por dos concejales de partidos históricamente opositores: el PS y RN. Más allá de lo políticamente incorrecto, incómodo o derechamente antinatural de esta alianza, resulta digno de aplauso que hayan decidido postergar sus diferencias ideológicas para cumplir con algo tan básico —pero al parecer revolucionario— como ejercer las funciones que la ley les encomienda. Esas mismas funciones por las que, dicho sea de paso, reciben una dieta pagada con los impuestos de chilenos que sí los pagan… o que, al menos, no cuentan con sociedades en el extranjero.

 

Lo relevante es que esta bancada fiscalizadora ha tenido la osadía de incomodar reiteradamente al alcalde, solicitando antecedentes sobre compras, licitaciones, tratos directos, convenios y rendiciones. Todo muy técnico, sí, pero reducible a una sola pregunta brutalmente simple: ¿cómo se está gastando la plata? Así de sencillo. Y hoy, producto de aquello, existe una causa administrativa en el Tribunal Electoral Regional, cuyo escenario posible —y temido— es la destitución del alcalde Carlos Gatica. Una daga al corazón o una puñalada por la espalda; elija usted la metáfora, el resultado es el mismo: una herida potencialmente mortal.

 

La reacción del alcalde cuestionado ha sido exactamente la que uno espera de la clase política, reforzada además por un verdadero ejército de defensores que pululan por medios de comunicación, redes sociales y tertulias de la más variopinta reputación. Todos ellos vociferan con fervor casi místico sobre las virtudes humanas, administrativas y ya prácticamente divinas de nuestra primera autoridad comunal.

 

“Miren cómo está la ciudad, Coyhaique cambió”; “Déjenlo trabajar, es el mejor alcalde que hemos tenido”; “Los concejales deberían hacer proyectos en vez de molestar”; “Lo quieren destruir porque ambicionan su cargo”; “Esto es pura envidia; nunca serán alcaldes”.

 

Tras lo anterior cabe preguntarse: ¿qué es lo que realmente le exigimos a nuestros políticos? Es cierto, abundan las necesidades y escasean las soluciones, y quien las provea merece reconocimiento. Pero ¿da exactamente lo mismo el cómo? Personalmente, creo que no. Resulta una contradicción casi enternecedora exigir probidad, transparencia y buen uso de los recursos públicos, mientras se critica —con una pasión digna de mejores causas— a quienes fueron electos precisamente para fiscalizar que esas virtudes se cumplan.

 

No se trata aquí de establecer condenas anticipadas, en absoluto. Pero sí de recordar que existen antecedentes con validez jurídica, admitidos por un tribunal, que dieron inicio a un proceso delicado, capaz de sepultar una carrera política. No sería nada nuevo; ya lo hemos visto en otras municipalidades de la región, por no hablar del país. Sin embargo, estos antecedentes parecen no ser relevantes para el ojo público, que por ahora prefiere cerrar filas en torno a un alcalde sindicado de irregularidades, denunciado por acoso y maltrato laboral, e incluso acusado de cobrar mensualmente montos indeterminados de dinero a funcionarios de su confianza, quién sabe con qué noble finalidad.

 

Mientras tanto, la bancada fiscalizadora ha cosechado el desprecio de varios de sus pares, porque —cómo no— también existe una “bancada no fiscalizadora”. Un grupo políticamente igual de pintoresco, donde destacan figuras como un ex rostro televisivo con antecedentes de conducción en estado de ebriedad, choques incluidos; asiduo visitante de casas de juego y apuestas; y dueño de una lengua particularmente filosa, que se vuelve peligrosa al contacto con destilados, especialmente vía WhatsApp. Completa este selecto equipo una concejala de ultraderecha, cuya trayectoria partidaria parece ajustarse con notable flexibilidad a los calendarios electorales, y de la cual poco se conoce en materia de gestión, más allá de su permanente rol de escolta del alcalde en actividades oficiales. Se suma también una concejala del Frente Amplio, que convive con sorprendente comodidad en cócteles e inauguraciones junto a los enemigos mortales de su propio gobierno, acompañada de un joven edil cuyos méritos resultan difusos, pero que compensa con extensas y bien nutridas redes sociales.

 

Podríamos detenernos, además, en la cantidad descomunal de actividades públicas que se desarrollan a diario y en el reducido —pero incansable— grupo de coyhaiquinos que las ha convertido casi en una disciplina deportiva. Pero volvamos a lo nuestro.

 

Este “team alcalde” se activa como una verdadera guardia pretoriana ante el más mínimo intento de fiscalización en el Concejo Municipal. Ni hablar del despliegue en Facebook, Instagram y cualquier red social que permita dejar un comentario de apoyo al ya casi beatificado alcalde.

 

Todo esto es profundamente dañino para la democracia, y por extensión, para todos nosotros. Deforma nuestra capacidad de análisis y nos empuja a relativizar asuntos tan graves como la corrupción por cariño, afecto o valoración personal. Como si estuviera bien ser corrupto, siempre y cuando los resultados nos gusten. O como decía, sin pudor, el antiguo dictador africano Mobutu: “la corrupción es mala, pero si me involucra a mí, es buena”.

 

Por ahora, la bancada fiscalizadora tiene el sartén por el mango. Ha sabido resistir los embates de la guardia pretoriana, el desprecio de sus pares y las acusaciones de ambición de poder, que —digámoslo sin complejos— atraviesan a absolutamente todos los políticos, incluido el alcalde. Y aun si nuestro santo patrono resultara completamente inocente, el escenario en el Concejo Municipal no mejorará demasiado. Las confianzas están rotas, las alianzas quebradas, y solo queda esperar que los concejales sigan haciendo aquello para lo que fueron electos: fiscalizar, aunque a algunos les resulte incómodo, ingrato o no alineado con el progreso comunal.

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