Por Bárbara Besa | Periodista | @barbarabesad
Cuando camino por las calles de Coyhaique, lo hago de dos maneras: escuchando música, seleccionada especialmente para deambular y, mirando. Mirando perros. Miro a los que me ladran desde sus patios o simplemente descansan, indiferentes, mientras paso.
Con el tiempo, me he armado una ruta de perritos a los que voy saludando, conociendo y si están sus dueños, averiguando sus nombres y pidiendo el permiso respectivo para tocarlos.
Hay calles que reconozco por los perros que las habitan. Algunos reconocen sus ciudades por las calles, por sus negocios, sus casas o sus esquinas. Yo las recuerdo por sus perros.
Así, he cruzado miradas y cariños con Bimbo, el dorado callejero, que se pasea campante dejándose querer como si no hubiera un mañana. O Becco, un Golden Retriever que me da su patita en señal de amistad.
También está Ámbar, una enorme cachorra de San Bernardo, cuyo tamaño es proporcional a su ternura. En la ruta, no puede faltar Rita, una mestiza gris oscuro un poco desconfiada, que solo me concede un breve y cordial saludo.
Y, por supuesto, Firulais, un muy feroz guardián en formato de perrito salchicha que farmea aura con un traje diferente cada día. La ruta también contempla a una enorme ovejera negra que, apenas uno se acerca, se cae panza arriba. Esa, por supuesto, me derrite.
Y como parte ineludible de mi rutina, están Kisha y Cantinflas, pequeños, muy patagones y de una dulzura imposible de esquivar.
En cada recorrido, dependiendo dónde vaya, están mis favoritos, esos que caminan raudamente y a paso firme, como si fueran atrasados a una muy importante reunión que puede cambiar el destino del mundo, sin tiempo para mirar a nadie ni mucho menos para detenerse a dejarse acariciar por extraños humanos. ¿A dónde van? ¿Por qué caminan con tanta urgencia?
Los veo pasar con esa determinación que tenemos las personas cuando creemos que vamos tarde. Nunca sabré a dónde van. Quizás tienen un destino, quizás alguien los espera. O quizás simplemente caminan, que tampoco es poca cosa.
Como sea, siempre quiero encontrarlos, saber que están ahí, con sus días buenos y malos, más sociables o gruñones, más apurados o calmos descansando en una plaza. Como el día a día, como la vida, humana o perruna.
* Bárbara Besa es periodista