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Aysén: entre la postal y el render

El escritor aysenino Gustavo Pantanalli analiza la realidad regional desde la "chascarrienta" inauguración del aeropuerto sin aterrizajes.

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Aysén: entre la postal y el render
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* Por Gustavo Pantanalli 

 

Durante el último año comenzó a repetirse una idea: Coyhaique estaría entrando en una nueva etapa de desarrollo, comparable con Puerto Varas durante la pandemia.

 

La comparación es atractiva. También desproporcionada.

 

Entre los censos de 2017 y 2024, Coyhaique pasó de 57.818 a 57.823 habitantes. Creció en cinco personas: 0,0 %. Mientras Chile creció 5,2 %, Aysén perdió 2,3 % de su población.

 

Anuncios no faltan: SMU, un eventual mall de Cencosud, Falabella, cines y recuperación del centro. Pero los centros comerciales no crean a sus consumidores y el turismo difícilmente sostenga una economía durante doce meses.

 

En el primer trimestre de 2024, mientras el PIB nacional crecía 2,3 %, Aysén cayó 9,7 %.

 

Nueve coma siete.

 

En casi cualquier otro lugar de Chile habría producido una conmoción política y social. Aquí pasó con tranquilidad casi patagónica.

 

Coyhaique seguirá aislado aunque construyamos dos centros comerciales y cambiemos todas las bancas de la plaza.

 

Esta mañana la calidad del aire marcaba 168: poco saludable. Pekín marcaba 56.

 

Ausencia de industria no significa ausencia de contaminación.

 

Durante décadas discutimos casi religiosamente el desarrollo productivo: no a la planta de aluminio, represas, minería, salmoneras. Proyectos distintos reunidos bajo una idea: preservar.

 

La protección ambiental es indispensable. El fundamentalismo ambiental es otra cosa.

 

Mi familia lleva cuatro generaciones en Aysén.

 

No llegaron para custodiar una postal. Llegaron para vivir.

 

Hace pocos días, una tragedia por hantavirus recordó algo más antiguo: la naturaleza está por encima del hombre. Por encima de quienes quieren intervenirla y de quienes quieren protegerla. Estaba aquí antes que nosotros y seguirá tomando su lugar cuando pueda.

 

Aysén no puede ser el pulmón verde que permanezca intacto para tranquilidad de quienes viven en París, Nueva York o Berlín. Aquí también vive gente.

 

La zona franca resume otra costumbre: una idea con aroma a los años ochenta, terreno adquirido por una cifra importante en dólares y todavía paralizada.

 

El nuevo aeropuerto de Balmaceda es un avance enorme. Pero el día de su inauguración los aviones no pudieron aterrizar. Ni siquiera llegó el ministro que venía a inaugurarlo.

 

Había niebla.

 

No un tornado en Miami.

 

Niebla en Balmaceda.

 

Nada de esto convierte al nuevo aeropuerto en una mala obra. Al contrario: es un avance significativo para una infraestructura que llevaba décadas rezagada.

 

Pero resume una costumbre regional: el relato suele llegar mucho antes que los resultados.

 

Primero el anuncio. Después el render. Luego la inauguración. Finalmente, la espera para saber cuánto cambia la vida cotidiana.

 

Coyhaique no necesita ser el nuevo Puerto Varas. Puede funcionar mucho mejor sin convertirse en museo natural de quienes no pasan aquí el invierno.

 

Quizá baste pedir algo menos espectacular: que las cosas funcionen. Que preservar no signifique impedir producir. Que el turismo no sea una fantasía de doce meses construida sobre tres meses de buen clima. Que las inversiones lleguen antes de que envejezcan sus renders.

 

Mientras tanto, esperamos el delivery de Walmart y la carne para el asado del sábado, con fe en que no continúe en una vitrina refrigerada de Quilicura.

 

En la Patagonia, después de todo, quien se apura pierde su tiempo.

 

* Gustavo Pantanalli es escritor, emprendedor e hijo de Aysén.

Etiquetas: #Política #Infraestructura #Obras Públicas
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