Por Sermo Ferox, Columnista DeNota
Desde los albores de las repúblicas liberales existe una curiosa tradición: la de perfeccionar, con admirable creatividad, los mecanismos que permiten que ciertas autoridades electas no abandonen jamás el púlpito. No es magia ni vocación de servicio eterno; son simples —aunque elegantes— triquiñuelas electorales, acuerdos de pasillo y negociaciones tan sagaces como convenientes. El resultado, inevitablemente, es el mismo: una institucionalidad que termina erosionando aquello que supuestamente todos dicen defender con fervor casi religioso —la democracia.
En nuestro inhóspito y hermoso Aysén, este fenómeno no es excepción: es prácticamente una costumbre local. Basta revisar, con un mínimo de curiosidad y poca paciencia, la lista de autoridades electas para encontrar apellidos que circulan con sorprendente agilidad entre municipalidades, diputaciones, gobiernos regionales y cualquier cargo que tenga escritorio, presupuesto y viático.
Un caso digno de estudio —o al menos de una buena crónica política— es el de Marisol Martínez, actual consejera regional por Coyhaique. Su currículum político incluye haber sido alcaldesa de Aysén —con el inolvidable episodio de las casas hundidas, que bien merecería un libro completo—, gobernadora provincial, concejala y ahora consejera regional. Cerca de veinte años orbitando cargos públicos, convenientemente ubicados en las alturas del escalafón salarial del Estado, mientras se consolida una carrera política que, hasta ahora, parece haber rendido mejores frutos para su cuenta corriente y para su entorno cercano que para la comunidad que dice representar.
Entre esos beneficiarios indirectos aparece también su pareja, un autodenominado trovador que, después de años de trayectoria, todavía no logra expandir su repertorio más allá de tres canciones —habitualmente las mismas— que amenizan con heroica perseverancia, el asado de fin de año de la municipalidad, o actividades políticas donde el comité organizador incluye a sus cercanos.
Pero la trayectoria de Martínez no solo es extensa: también es consistentemente polémica. En cada cargo aparece algún episodio incómodo. Ya sea el recordado caso de las casas hundidas, los roces con Contraloría por el uso dudoso de horas extras y cobros de horas no trabajadas, o los inevitables problemas relacionados con su círculo cercano: asesores cuestionados, episodios de acoso laboral, funcionarios despedidos por llegar a trabajar en estado de ebriedad y operadores políticos convencidos de que una bandera roja y el puño en alto bastan para blanquear cualquier pecado, sobre todo los propios.
El cuadro se completa con otro episodio revelador. Mientras presidía regionalmente el Partido Socialista, Martínez defendió con entusiasmo a la entonces Seremi de Gobierno, Tatiana Plá, quien terminó dejando su cargo tras acusaciones de maltrato y acoso laboral, contra una mujer y militante del mismo partido. En su momento, tales denuncias fueron calificadas por Martínez como exageraciones, calumnias o fantasías casi demoníacas. Lamentablemente para esa narrativa, los hechos posteriores demostraron que las acusaciones no eran precisamente imaginarias. Resultó curioso, por decirlo suavemente, verla luego marchando el 8 de marzo con banderas en defensa de los derechos de las mujeres.
Si uno escarbara más, probablemente encontraría material suficiente para varias columnas adicionales. Pero no hace falta tanto esfuerzo: la evidencia disponible ya alcanza para dibujar un retrato bastante claro. En Aysén contamos con una figura política que bien podría enmarcarse… y luego guardarse en la bodega de los recuerdos políticos que nadie extraña.
Más de veinte años de carrera dejan inevitablemente huella. En este caso, abundan las contradicciones, las maniobras partidistas y los beneficios personales. Lo que escasea, curiosamente, son los logros concretos. Resulta difícil identificar transformaciones relevantes asociadas a su gestión como alcaldesa, concejala o consejera regional. Lo que sí abundan son apariciones en prensa, insertos pagados y declaraciones grandilocuentes sobre valores que rara vez se practican y sobre el eterno “avance de la región”, descrito con entusiasmo… pero sin demasiada participación propia.
Dentro de su propio partido, las opiniones sobre Martínez parecen oscilar entre la devoción y el hastío. Para algunos militantes —una camarilla siempre dispuesta a aplaudir— representa una líder sólida, una socialista ejemplar y la encarnación misma de la experiencia política. Para otros, en cambio, simboliza justamente lo contrario: el desgaste de una política convertida en maquinaria electoral, donde la disciplina partidista pesa mucho más que cualquier convicción ideológica. La ideología, después de todo, parece haber quedado reservada para poetas, románticos y otros imprudentes sin sentido de realidad política.
En este contexto, Martínez termina representando con notable fidelidad aquello que muchos ciudadanos ya no quieren ver en la política: figuras que funcionan más como dispositivos electorales que como liderazgos sustantivos. Autoridades que defienden a abusadores cuando conviene, que se indignan selectivamente y que, en definitiva, convierten el servicio público en un negocio bastante rentable, financiado —como siempre— por los impuestos de todos.
Últimamente, además, la hemos visto reaparecer en insertos pagados defendiendo con entusiasmo la gestión de la ex gobernadora regional, una administración que fue, en términos políticos, un rápido debut seguido de una aún más rápida despedida, adornada con abundantes slogans y escasas realidades tangibles. No sería extraño que desde su actual rol continúe utilizando el mismo formato para criticar a la oposición mientras practica con disciplina dos ejercicios muy conocidos en política: la amnesia selectiva y la ausencia total de autocrítica.
A partir del 11 de marzo, la oposición inevitablemente comenzará a reconfigurarse. Algunos liderazgos se renovarán, otros intentarán hacerlo, y algunos pocos —los de siempre— seguirán ocupando espacio como si el tiempo político no existiera.
Entre ellos, probablemente, seguirá figurando Martínez, manteniendo viva aquella frase tan repetida como incómoda: del dicho al hecho, hay mucho trecho. Porque mientras se marcha por los derechos de las mujeres, se defiende a quienes las maltratan. Y todo ello, además, sin siquiera arrugarse.