Por Sermo Ferox
Se repite, con la liviandad de los lugares comunes, que la política es “sin llorar”. Esta frase, instalada en el imaginario del poder chileno y atribuida a Andrés Allamand, vuelve a adquirir vigencia cada cierto tiempo; especialmente cuando un gobierno se instala con la sutileza de un misil, prometiendo transformar la realidad sin detenerse demasiado en las consecuencias. En nuestra región, donde el poder adquiere tintes casi absolutos, aquello no es menor: Gobierno Regional, municipalidades, seremías, direcciones regionales y un extenso etcétera conforman un botín que, al parecer, nunca termina de complacer a sus beneficiarios.
Hace algunas semanas nos referimos al gobernador Santana y a su insípida —aunque ruidosa— agenda de lamentos y advertencias, cuidadosamente disfrazada de eficiencia administrativa: una profusa distribución de recursos a baja escala, cumplimiento de promesas compartidas y una calculada agenda de gestos hacia los propios. Hoy, ese guion se intensifica con una línea comunicacional que roza lo inexplicable: críticas a las medidas tomadas por un gobierno al que respaldó con entusiasmo, secundadas por algunos de sus partidarios. De ese fervor ya no queda rastro. En su lugar, abundan las declaraciones de preocupación —siempre más profundas que la anterior— y augurios de catástrofe económica, junto a alegatos por algunas designaciones y sus consecuentes señales políticas.
Uno podría suponer ingenuamente, que en su calidad de gobernador estaría por encima de las minucias partidistas y las habituales rencillas de caudillos que definen la política chilena. Pero no por sobre la realidad, desde luego. Sin embargo, ha prevalecido su preocupación desbordada, que no solo tensiona el escenario, sino que erosiona a su propio sustento político: la coalición gobernante.
Y es ahí donde la distorsión se vuelve evidente. Una coalición, en su forma más elemental, supone coordinación, objetivos comunes y una línea política que podrá mutar, pero difícilmente borrarse con el codo. En Aysén, sin embargo, ese principio parece opcional. Coexisten —con una armonía más bien ilusoria— una derecha complacida con el gobierno, otra que no ha ingresado, una que se incorpora tardíamente a la administración y una más, novata, ensayando sus primeras armas. El resultado: un partido fuerte en la región y con escasa representación en los nombramientos, pero con musculatura electoral suficiente —diputada, gobernador, alcaldes, concejales, consejeros— como para sostener una permanente y silenciosa incomodidad.
En este contexto, cabría esperar de Santana algo parecido a conducción política: serenidad, templanza, una mínima vocación de estadista. En cambio, lo que predomina es el fuego amigo. A ello se suma una escasez de nombres que ya no se disimula: figuras recicladas, movimientos forzados y renuncias estratégicas para ocupar cargos que difícilmente califican como decisivos frente a la crisis invocada a diario. Todo sugiere que el malestar por la porción de poder obtenida pesa más que las necesidades de un gobierno en instalación.
No es aventurado, entonces, anticipar que la relación entre el Gobierno Central y el Regional distará de ser fluida y de compadres. Y esa fricción, lejos de ser un problema de elites, tiene efectos concretos sobre quienes viven en la región, aunque a veces se pretenda lo contrario.
El cuadro es complejo, aunque no sorprendente: un gabinete diseñado con variables que omitieron la estabilidad política del sector, y cuyas consecuencias hoy se exhiben sin mayor disimulo. Esto además de tener consecuencias determinantes para la vida cotidiana de los chilenos, revela una verdad incómoda: la coordinación política no es precisamente la fortaleza de la coalición gobernante. Tampoco lo son sus comunicaciones.
Ante este páramo, conviene recordar que la política es, efectivamente, sin llorar. No porque las emociones desaparezcan, sino porque se subordinan a un cálculo donde el poder se reparte sin demasiadas contemplaciones. Lo preocupante es que, en ese ejercicio, lo que termina afectado es lo sustantivo: la vida de las personas, el trabajo, el desarrollo, la economía. Ahí estamos todos, sin distinción de ideología, credo, ni cuenta corriente. Porque si algo conocemos bien son los malos gobiernos, y sobre todo las coaliciones sin liderazgo —o peor aún, con liderazgos sucedáneos— que convierten sus propias limitaciones en explicaciones plausibles para la escasez de resultados.
Pero, no todo es desolación: al menos, nos tranquiliza tener autoridades profundamente preocupadas.