DeNota
Opinión

Lo importante no hace ruido

En su columna, Marco Canto hace una pausa para contemplar la naturaleza y observar el silencioso trabajo de las abejas.

Columnista DeNota

Columnista DeNota

Aysén
Lo importante no hace ruido
Compartir: ¡Copiado!

Por Marco Canto

Fotografía de José Besa | @biodiversidadenchile

 

Hace algunos días, mientras cortaba el pasto, me detuve a mirar. Una abeja se posaba sobre una de esas flores amarillas que aparecen desperdigadas por el suelo patagónico, las típicas “diente de león”. Iba y venía, completamente ajena al ruido de la máquina, al apuro, a todo eso que suele marcar el ritmo de nuestros días.

 

No hacía nada extraordinario (o eso pensaría cualquiera que pasara sin detenerse), pero en ese gesto repetido había algo hipnótico. Preciso. Como si cada movimiento tuviera un propósito que no necesitaba mucha explicación.

 

La abeja no dudaba. No miraba a los lados. No perdía tiempo.

 

Me quedé observándola. Quieto. Vi cómo repetía su rutina casi como un ritual: volar, posarse y hundirse en la flor como si la conociera de memoria. Después se iba. Y volvía. Una y otra vez. En ese ir y venir, silencioso pero constante, pasaba algo esencial que no se veía a simple vista: la vida moviéndose sin pedir atención.

 

Y es curioso, porque esto ocurre todo el tiempo. Las abejas hacen su trabajo en silencio, con una precisión casi invisible, sosteniendo el equilibrio de la biodiversidad y la salud de los ecosistemas. Pero, ¿cuántas veces nos detenemos realmente a mirar?

 

Alrededor, todo seguía igual: el vecino a lo lejos, el perro ladrando, el avión que iba de Balmaceda a Santiago y un par de personas caminando con la vista clavada en sus pantallas. Nada se detenía. Y ahí fue cuando cayó la idea incómoda: no es que estas cosas no pasen, es que casi nunca estamos realmente presentes para verlas. Para mirarlas de verdad. Para notar que, cuando uno se detiene, lo simple puede volverse profundamente potente.

 

Vamos tan metidos en la vorágine del día, en sus pendientes y distracciones, que dejamos de observar. Y así, como con la abeja, pasamos por alto momentos y gestos que están ocurriendo todo el tiempo. Por mil razones (o por ninguna en particular) n o les damos ese segundo de atención que bastaría para entender que, muchas veces, lo importante pasa desapercibido.

 

Quizás por eso impacta tanto detenerse.

 

Porque en ese gesto mínimo (mirar de verdad) lo cotidiano deja de ser fondo y pasa al frente. Una abeja deja de ser solo una abeja: se vuelve ritmo, propósito, insistencia. Y también un recordatorio. Uno simple, pero potente: la mayoría de las cosas importantes no hacen ruido.

 

Como ese momento en que decidiste no rendirte, aunque nadie lo notara.

Como el día en que decidiste que sí podías superar lo que parecía inabarcable.

Como ese segundo justo antes de decir algo importante… y el instante en que finalmente lo dijiste. Como ese aprendizaje que llegó sin aplausos, sin escenario, sin título.

 

Al final, lo importante no necesita hacerse notar. Está ahí, ocurriendo.

Y a veces, lo único que falta… es detenerse lo suficiente para verlo.

131 vistas

Artículos Relacionados