Por Sermo Ferox
Hubo un tiempo —aunque cueste creerlo— en que la ciudadanía se escandalizaba cuando alguien sin certificado de nacimiento patagónico aterrizaba en un cargo relevante. Se decía que solo los nacidos y criados entre viento, escarcha y aislamiento podían gobernar esta tierra inhóspita y hermosa. Una tesis discutible, sin duda. Pero lo realmente fascinante es cómo pasamos del recelo identitario al entusiasmo importador: hoy traer figuras políticas desde cualquier punto del mapa es casi un gesto de sofisticación. Se nos pide, con solemnidad, que valoremos la llegada de estos finos especímenes y que agradezcamos la sabiduría, experiencia y conocimientos que —supuestamente— los envuelven como una neblina mística.
La práctica es transversal. Y entre los casos dignos de vitrina está el enigmático Director Regional del Instituto Nacional de la Juventud, Camilo Triviño. Hombre de bajo perfil, luces tenues y pasado político laboral más bien difuso, pero con un detalle pintoresco: una salida poco clara de un municipio del litoral central, con denuncias y acusaciones de grueso calibre incluidas. Pequeñeces, dirán algunos. Minucias administrativas, dirán otros.
Aclaremos algo: lo llamativo del susodicho no es su gestión. Sería injusto exigir brillo donde apenas hay electricidad. Más bien, ha sido parte del desmantelamiento silencioso que el propio Estado intenta ejecutar contra el servicio que dirige. Porque, según los genios del presupuesto nacional, mantener políticas públicas de juventud es caro. Y total, los jóvenes votan por quien quieren. No hay negocio político ahí. Error estratégico que debe corregirse a la brevedad, por el bien de la República, que no está para desviar fondos a asuntos innecesarios.
Pero, volvamos al pasado que tanto incomoda. Hace poco, el amado y odiado órgano contralor —la Contraloría General de la República— instruyó dar respuesta a una consulta pendiente desde hace meses: una acusación de acoso sexual presentada contra el Director Regional por una exfuncionaria del servicio. Alarmante, en teoría. En la práctica, apenas un murmullo administrativo. Porque si algo ha enseñado este Gobierno es el fino arte del ocultamiento elegante. Aquellos que se autoproclamaron paladines de la justicia, defensores de trabajadores y adalides de los derechos sexuales y reproductivos, hoy perfeccionan la técnica de mirar al techo mientras el problema pasa. Ridículo es poco. Ahora bien, denuncias pueden presentarse miles. Lo relevante es investigarlas y, eventualmente, sancionar si se amerita. Pero aquí no hemos visto ni lo uno ni lo otro. Lo que sí hemos visto es la “vieja confiable”: trasladar responsabilidades como si fueran papas calientes, escudarse en la espera de resoluciones judiciales o administrativas que, por supuesto, jamás comenzarán si nadie mueve un dedo para iniciarlas.
Entonces, ¿qué vemos los simples mortales? Que algunos políticos poseen una agenda telefónica digna de colección o talentos tan extraordinarios que, cuando el ambiente se vuelve irrespirable, sus partidos optan por un saludable cambio de aire: nueva región, nuevo cargo, misma historia.
Nuestro medio intentó contactar a autoridades nacionales y regionales. Obtuvimos lo esperable: silencios estratégicos, respuestas inverosímiles y teléfonos que repentinamente nadie contesta. Nada de apoyo a las víctimas, eso corre para otras personas.
Y ahora, a días de que el Gobierno entregue la banda presidencial a su enemigo más acérrimo, la prioridad parece ser otra: proteger un “legado” insípido y artificial, y escandalizarse por el tono del adversario. Mucha épica verbal, cero impacto real. Si alguna vez hubo lucha decidida contra desigualdades e injusticias, debió extraviarse en el mismo cajón donde duermen las investigaciones administrativas. Así que sí: no tengo pruebas, pero tampoco dudas de que, una vez más, se optó por el cómodo silencio cómplice. Ese que deja a funcionarios acosados y vulnerados a su suerte, mientras las redes sociales se llenan de recordatorios infantiles sobre los valores de la coalición. Como si repetir un eslogan fuera equivalente a practicarlo.
Este no fue el gobierno de los trabajadores, ni de los oprimidos, ni de los desposeídos. Fue el semillero de nuevos políticos, laboratorio de ensayo y, de paso, pantalla perfecta para que abusadores y acosadores sigan itinerando por el país, de servicio en servicio, como si el Estado fuera un tour administrativo. Así da gusto pagar impuestos.
Y mientras tanto, tendremos que escuchar al señor Triviño pontificar sobre derechos juveniles, condenar la violencia en el pololeo y exaltar la importancia de denunciar abusos. Siempre y cuando, claro está, la denuncia no lo roce. Porque la coherencia, tampoco se incluyó en el repertorio del gobierno saliente.