Por Sermo Ferox
El gobernador Santana es un hombre con experiencia pública, eso es indiscutible. Tras una vida entera en el sector público -claramente en puestos directivos-, lo razonable sería suponer no solo un conocimiento acabado del aparato estatal, sino también cierto dominio de sus tiempos, formas y responsabilidades. “Es un estadista”, dirán algunos seguidores. Tristemente para ellos, las categorías grandilocuentes tienden a desdibujarse frente a la evidencia, porque el poder, aunque ejercido con aparente soltura o comodidad fingida, rara vez es inocuo. Más bien, tiene la traidora costumbre de exponer, con el paso del tiempo, la distancia entre lo prometido y lo efectivamente realizado. Y en ese tránsito —desde la expectativa hasta la constatación— es donde comienzan a surgir las preguntas incómodas y las realidades que se trata de ocultar.
Desde su instalación en las oficinas de calle Ejército, la gestión de Santana ha ofrecido una interesante variedad de episodios. Sin embargo, el anunciado “progreso”, ese que se presentaba como inminente y casi inevitable durante la campaña, ha resultado ser más esquivo de lo esperado. No inexistente, por cierto, pero sí lo suficientemente difuso como para invitar a la duda razonable.
En campaña se habló con entusiasmo de recambio, de fin al amiguismo, de nuevas prácticas, de superar las estrecheces partidarias en favor del interés regional. También de un profesionalismo incuestionable, avalado —según se insistía— por la experiencia previa del estadista en la alcaldía de Río Ibáñez y en un sinfín de reparticiones públicas. Hoy, esa comuna exhibe continuidad política, lo que para dicho sector político, es motivo suficiente para hablar de progreso. No sorprendió, en ese contexto, la llegada al GORE de figuras ampliamente conocidas — no necesariamente por sus éxitos— en el circuito público, como Néstor Mera, Dominique Brautigam, Omar Muñoz o Fernando Guzmán. Nombres con trayectoria, sin duda, y con una notable capacidad de olfatear cuando se acerca la repartición de cargos, lo que habla, o de una dramática escasez de figuras, o bien de que realmente son personas que deben ser parte del Estado a toda costa, para evitar que se caiga a pedazos. Usted podrá juzgar.
Ahora bien, el resultado de esta convergencia de experiencia cósmica ha sido, al menos hasta ahora, modesto. La creación de una Corporación de escasa proyección pública —que se vendió como la llave al desarrollo regional— y una distribución frenética de recursos frescos a clubes deportivos, agrupaciones folklóricas y ciudadanos ilustres con buenas ideas que, aunque administrativamente justificable, ha tendido a adoptar un tono más cercano a la generosidad selectiva que a una estrategia de desarrollo regional claramente articulada. Todo dentro de los márgenes, por supuesto, aunque no necesariamente dentro de las expectativas creadas, a menos que consideremos como progreso el enviar clubes deportivos a competir a otras ciudades del país.
Se habría esperado, además, una gestión comunicacional más afinada, pero no. La publicación anticipada de proyectos aún no aprobados por el Consejo Regional no solo introduce ruido innecesario, sino que sugiere cierta premura por exhibir resultados antes de que estos sean reales. Ansiedad comprensible, aunque poco recomendable. Se suma que, si no fuera por los medios comunales y regionales que ávidamente buscan cubrir noticias y eventos, poco sabríamos de lo que hace nuestro estadista regional.
La relación con el CORE, por su parte, prometía marcar una diferencia respecto del pasado reciente. Sin embargo, la dinámica observada —hoy ampliamente documentada en redes y plataformas digitales— revela matices menos auspiciosos: tensiones, gestos de distancia y una progresiva erosión de la confianza. Particularmente llamativo resulta el contraste entre el discurso previo de algunos consejeros de la bancada pro-Santana y su actual disposición, bastante más contemplativa, que guardó en el baúl de los recuerdos lo que anteriormente provocaba ataques de ira. La política, después de todo, también tiene sus silencios elocuentes, y mas vale saber cuando ponerse colorado.
Así las cosas, no parece aventurado sugerir que el problema trasciende a las personas y roza algo más estructural: la forma en que se ejerce el poder. En este caso, con una orientación que ha oscilado entre la crítica al Gobierno Central, la revisión de instrumentos heredados -como si eso fuera progreso- y una asignación de recursos indiscriminada a sus compadres, los alcaldes Martínez de Aysén, Roncagliolo de Cisnes y Jélvez de Río Ibáñez. Coincidencias, seguramente. Progreso regional, no lo sabemos.
Hoy, con un escenario político potencialmente más favorable, se abre una oportunidad distinta. Una en la que, idealmente, la gestión logre traducir intenciones en resultados verificables. Será, probablemente, el momento en que las definiciones comiencen a imponerse sobre las explicaciones, ya que en lo que va de su gestión, pareciera que existe una obsesión enfermiza por la ejecución presupuestaria, lo que debiera ser el mínimo que le exijamos a nuestras autoridades, sobre todo al Gobernador Regional, que con nuestros impuestos recibe un sueldo incluso más alto que el del mismo Presidente de Chile.
Y no, no se trata de sostener que no se ha hecho nada. Eso sería tan injusto como improductivo. Pero sí de advertir que existe una brecha elocuente entre la ambición declarada y los logros alcanzados. Porque, en efecto, otra cosa es con guitarra. Y gobernar, como bien se sabe, exige algo más que buenas intenciones y enemigos identificados.
Después de todo, trabajar por una región implica incomodidades que no siempre coinciden con las prioridades de una coalición. Pero ese, probablemente, sea un tema para otra columna