Por Bárbara Besa *
El 11 de noviembre de 2023 una de las personas más importantes de mi vida, murió. De golpe. Literalmente, de un minuto a otro. No hubo avisos ni señales, ni nada que permitiera cierta “preparación”. Lo que vino después fue un huracán de emociones, que cada cual vivió y vive como puede, porque si cada familia es un mundo, el duelo también.
¿Cuánto dura? ¿Cómo se lleva? ¿Qué hacer y qué no? ¿Hasta cuándo llorar? No hay respuestas, no hay formas correctas ni métodos probados. Es tan doloroso como personal.
En mi caso, la música fue uno de los pilares que me unió a mi tío. Todos y cada uno de mis recuerdos están cruzados por la música. La primera colección de discos que vi y el impacto que me causó descubrirlos, mirar cada caja, hojear los libritos que traían y mirara detenidamente cada carátula. También las primeras veces que escuché a The Beatles, a los Rolling Stones, Serrat, Los Blops, Inti Illimani y tantísimos otros y todo lo que eso desencadenó en mi, hasta hoy. Recuerdo como si fuera ayer la curiosidad infinita que me causaba el baúl en que guardaba su colección de vinilos, que, años después, me regalaría y que hoy atesoro como lo más valioso del mundo.
Cuando se atraviesa un duelo, la música no solo acompaña, la música sostiene. Una canción puede aparecer en un momento de quiebre y ofrecer cierta calma cuando todo parece caótico. No exige respuestas ni explicaciones, solo presencia y te permite sentir sin la necesidad, muchas veces odiosa, de traducir el dolor en palabras. Es tan poderosa la memoria afectiva que activa una canción, que puede devolverte, en parte y por segundos, a esa persona. Así, al menos para mí, escuchar música, no es un acto automático, no es algo neutro, elegir a qué canción ponerle play es una decisión, una forma de resistir la rutina, de calmar la pena, la nostalgia, una forma de regular las emociones, y una forma de alegrar momentos, días, la vida.
La importancia de la música en el duelo es tan poderosa, que, de un segundo a otro, un par de acordes son capaces de reactivar imágenes, aromas y sensaciones que nos recuerdan quiénes fuimos y quiénes somos hoy, sin esa persona que se fue, manteniendo un vínculo silencioso, acompañando y aliviando esos momentos en que nos encontramos a solas con la pena y la infinita nostalgia, lo que, con el paso del tiempo, comienza a ser un recuerdo no menos triste, pero sí más amable y suave.
Según la ciencia, la música ayuda en el duelo porque al escucharla, el cerebro libera sustancias como dopamina y oxitocina, que reducen la ansiedad. La música se transforma en una vía de catarsis emocional, y al estar ligada a nuestra biografía, canciones que asociamos con esa persona, fortalecen un vínculo simbólico, que ayuda a que esa pérdida, se integre de mejor manera con nuestra historia personal.
Siempre que los recuerdos vuelven y duelen, elijo cuidadosamente las canciones que necesito para respirar, secar las lágrimas y continuar lo que sea que esté haciendo. Al momento de terminar de escribir este texto, justo comienza a sonar Imagine, la canción que hasta hace no mucho tiempo me hacía llorar sin parar y que hoy, sigue costando, pero, al, menos, ya no me paraliza.
*Bárbara Besa es periodista y melómana.