Por Bárbara Besa | Periodista | @barbarabesad
Ante cada conmemoración del 8M aparecen conceptos que ya reconocemos: brechas, desigualdad, feminismo y los pendientes (muchos). En medio de multitudes marchando en el mundo con carteles morados y pañuelos verdes, también son miles las que pasan su 8M ajenas a todo aquello, esperando y agradeciendo la flor que le regala el jefe, el feliz día de los colegas y el regalo del marido.
Cuando nos rodeamos solo de iguales, podemos caer en el error de pensar que para todas el 8M es lo mismo, que lo vivimos igual y que todas tenemos las mismas oportunidades, preocupaciones y causas, olvidando contextos, crianza, experiencias y circunstancias. ¿Y si a la otra no le hace sentido, le incomoda, no le preocupa o, simplemente, no le interesa?. Están las que van a marchar sagradamente, las que esperan los saludos y halagos, las que no se enteran, las que reflexionan y conversan con otras, las que lo hacen internamente y las que detestan todo tipo de acto colectivo.
No hay una sola manera de vivir el 8M, no hay una sola forma de mirar el feminismo ni hay verdad absoluta en lo que está bien o mal hacer ese día. Lo que está mal es que sigamos siendo víctimas de tantos tipos de violencia, que miles de mujeres mueran al año asesinadas por un femicida-cada día, 137 mujeres y niñas en el mundo son asesinadas por sus parejas o familiares, según cifras de ONU Mujeres- que las niñas sean abusadas, que nos acosen en la calle, que el machismo se cuele por todos lados, que nos invisibilicen en ambientes laborales, que se asuma que las mujeres deben criar, cuidar, cocinar, limpiar. Es largo el listado de cosas que están mal para nosotras, pero hay que partir algo: sostenernos.
Y aquí es bueno darle una vuelta al término sororidad. No significa que seamos todas amigas, que no podamos discutir, tener conflictos o enemistades. Significa que, ante el escenario de desigualdad y violencia, seamos solidarias.
Hemos avanzado, sin duda. Pero esos avances no han llegado para todas, porque nuevamente, depende de muchos factores, como la geografía (lugares muy apartados y desconectados), y el acceso a la información. Además, por ejemplo, si una mujer por la circunstancia que sea, no tiene cubiertas sus necesidades mínimas, es imposible pedirle que esté pendiente de las cifras de femicidios o de si las brechas salariales han disminuido o si hay más mujeres en lugares de poder.
Por ahora, me parece que un desafío importante puede ser no criticar por cómo vive cada una el 8M, porque en ocasiones genera más resistencia, tal vez el desafío sea empezar por reconocernos en nuestras diferencias y que, aunque estemos las antípodas de pensamiento, estar. Porque cuando una mujer es vulnerada, de alguna manera, todas retrocedemos.
El 8M no exige consonancia. No nos perdamos en lo esencial: en la injusticia y en la violencia, no miremos para otro lado.