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Enseñanza y rectitud

En esta crónica, el periodista Rodrigo Campusano recuerda sus años escolares y a una inspectora de armas tomar.

Rodrigo Campusano

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Aysén
Enseñanza y rectitud
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Por Rodrigo Campusano *

 

Nunca pudimos comprobar a ciencia cierta si era un mito o había ocurrido realmente. Pero de que la vieja Silvia cojeaba, cojeaba. Y no era una cojera cualquiera; incorporaba parte de la cadera que parecía girar con cada paso que daba.

 

Era la inspectora del colegio y la historia que todos conocimos fue la siguiente: años antes de que mi generación empezara la atroz educación religiosa, la vieja Silvia le había hecho la vida imposible a varios. Con su carácter de fuego solía tirarle las patillas o lanzar insultos disfrazados de “enseñanza y rectitud”, como decía el himno del colegio.

 

Fue por eso que una de sus víctimas la recordó varios años después cuando la divisó en un centro comercial mirando pacientemente una vitrina llena de camisas y pantalones puestos con descuido sobre maniquíes que hoy, por supuesto, estarían pasados de moda. Manuel, así le voy a decir porque no recuerdo cómo se llamaba y si lo recordara no estaría bien exponerlo. Manuel había sufrido en carne propia las humillaciones de esa inspectora del siglo pasado. Varios compañeros de curso dijeron que lo vieron varias veces mientras salía de la oficina de la vieja Silvia: “Enseñanza y rectitud”.

 

Pasaron los años. Manuel salió del colegio con un promedio mediocre y varias experiencias sobrecogedoras. Era huérfano de padre y la agresiva mujer le restregaba sus travesuras con frases como “¡cómo te hace falta un padre!” o, espantonsamente peor, “no creo que a tu padre le hubiese gustado cómo te comportas”.

 

Todo eso debió recordar Manuel ese mediodía en el centro comercial cuando distinguió entre la multitud a su antigua victimaria. Fue cosa de segundos. Apenas la divisó, apuró el tranco y en un tris estaba a su lado. ¿Cómo está, señora Silvia?, dicen que le preguntó y que ella giró de medio costado y lo reconoció de inmediato. ¡Manuel querido!, le respondió levantando los brazos. Él no lo podía creer y fue tal su desconcierto que se abalanzó sobre su exceladora y la empujó escaleras abajo, mientras la multitud miraba despavorida. Manuel se escabulló algunas horas, pero finalmente se entregó.

La vieja Silvia no pudo levantarse ese día, ni ese mes, ni el siguiente. Estuvo 5 meses en cama recuperándose de su intento de homicidio. Cuando la conocimos, su cojera era su firma de desplazamiento. No era una cojera cualquiera. Y seguía maltratando a los estudiantes. “Enseñanza y rectitud”.

 

* Rodrigo Campusano es periodista y director de DeNota

Etiquetas: #Educación #Juventud
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