Por Magdalena Rosas Ossa *
Este era el título de una nota aparecida en una revista de papel couché que recibimos a fines del verano del año 2008. Habíamos recorrido el sur de la región y llegado hasta Tortel, con Paulina Urrutia, la ministra del Consejo de la Cultura y las Artes. En mi calidad de directora del servicio, me tocó acompañarla en este periplo de varios días, junto a nuestro infaltable y querido Marcos, que nos guio por los caminos australes, con la seguridad y dedicación de siempre.
La situación que dio origen a estar en la nota con este título y que me aludía directamente decía, “La directora de Aysén le regaló dinero a su marido para un libro”.
La situación puntual se remontaba a un tiempo atrás, cuando el padre de mis hijos presentó un proyecto al Fondart, fondo concursable del Consejo de la Cultura que yo dirigía. A penas llegó su proyecto a la dirección regional; en esos años se postulaba en papel, como directora del servicio, solicité entrevista con la contraloría y me fui a conversar con la contralora de la época.
Con ella, sostuvimos una larga reunión en que me explicó por qué yo estaba liberada de responsabilidad frente a las decisiones de Fondart, ya que se trataba de evaluadores externos al servicio que yo presidía y que bastaba que nombrara a un subrogante para la transparencia del proceso.
Le solicité expresamente y con insistencia, que por favor la indicación fuera enviada por escrito. Acordamos que el trabajador subrogante de la dirección regional sería responsable de la situación, en la cual durante ese año yo no tendría nada que ver.
—¿Por qué tanta desconfianza? —me preguntó la contralora al terminar la reunión.
Porque la gente aquí es mala, le dije, a lo cual ella asintió riendo. Sí, usted tiene razón.
Ese año el proceso Fondart fue ordenado, lo llevó siempre el funcionario subrogante. Y Yo, amparándome en el mandato de la contraloría, me abstuve de todo, incluso de tratar con el jurado y de la firma de las resoluciones de adjudicación y convenios de ejecución. Finalmente, el padre de mis hijos ganó el proyecto para hacer un libro.
Pocos meses después de todo este proceso, la máxima autoridad de la región me llamó para pedirme explicaciones, debido a un anónimo que había llegado a sus dependencias denunciando esta situación. Enviamos el dossier de documentos correspondientes, la copia del mandato de contraloría y los memorándums de delegación de funciones para que el subrogante se hiciera cargo del tema, lo que significó por parte de la máxima autoridad el cierre de la situación y que nunca más me preguntaran por el asunto, que había quedado completamente claro.

Sin embargo, igual cundieron anónimos y uno de ellos llegó hasta el sitio web de una parlamentaria de la época, que lo publicó sin averiguar nada.
Ese verano, cuando leímos la nota con la ministra, quise escribir y enviar mi descargo a la revista, pero ella lo objetó. -Estas cosas no se contestan-, me dijo categórica.
Ya han pasado casi veinte años del asunto. Me ha pasado de nuevo varias veces cosas de este tipo. Aprendí de mi padre que la transparencia es antes de todo y es clave, porque siempre habrá insidia y estas cosas seguirán pasando.
Tal como dice San Mateo, “Es más fácil ver la paja en el ojo ajeno, que la viga en el propio”.
* Magdalena Rosas es música y profesora de Estado.