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Welcome to the jungle

Sermo Ferox esta semana dirige su prosa hacia el Congreso de la Nación, la selva política por excelencia, y se pregunta: ¿Qué esperar de los “honorables”?

Columnista DeNota

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Aysén
Welcome to the jungle
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Por Sermo Ferox

 

Así versa el hit de Guns´ N Roses, himno hedonista donde la territorialidad se grita entre excesos, inmoralidades y talento desbordado, coronado —cómo no— con un sombrero de copa que sitúa la elegancia encima del caos. La analogía con el Congreso resulta casi ofensivamente precisa: un hemiciclo donde la desmesura ya no es excepción, sino método. No es que uno se crea el faro moral de la comarca, pero sería un gesto mínimo —casi decorativo— que en el lugar donde se legisla sobrevivieran el decoro, la honorabilidad y alguna vaga noción de interés nacional. Pero, no olvidemos nuestro lugar en el planeta.

 

Nos hemos habituado, con una docilidad ya clínica, a un catálogo de desfachateces: performances textiles, conductas erráticas y proclamas que no solo irritan, sino que además empobrecen. Una diputada convertida en pancarta policial ambulante; un diputado que confunde representación política con una fiesta cosplay de la dictadura; otro que vocifera como si la saliva fuese argumento; y un selecto grupo de “honorables” cuyo consumo de combustible anual rivaliza con maquinaria de guerra. Todo, por supuesto, gentilmente financiado por los mismos contribuyentes a quienes después se les pide paciencia, comprensión y, si es posible, confianza en el sacrificio que están realizando nuestras autoridades. Pero sería demasiado cómodo culpar únicamente a los protagonistas del espectáculo. La democracia —esa vieja costumbre que Aritsóteles ya miraba con preocupación— tiene estas ironías: el electorado no solo participa, también produce. Y el producto es un Congreso que parece más bien una exposición de ególatras con presupuesto fiscal. La ciudadanía, esa abstracción tan invocada como poco ejercida, podría exigir más, mirar mejor, elegir con algo más que inercia o despreocupación. Sin embargo, pedir lucidez colectiva roza la fantasía, una utopía que envejece con dignidad mientras la realidad hace lo suyo.

 

Junto con esto, la discusión pública ha mutado hacia una final futbolística: barras bravas, consignas incendiarias, y un sinfín de señores corales donde cada cual actúa para su galería. Nuestros representantes no deliberan: performan. Y entonces surge la tentación —siempre seductora— de suscribir el impulso de Charly García y su inolvidable “Rompan todo”. Pero ya probamos esa vía, y el saldo no fue precisamente una obra maestra republicana. La alternativa que resta, más aburrida y por lo mismo menos popular, es la prudencia, la vieja confiable de los políticos.

 

¿Qué esperar de los “honorables”? Algo tan exótico como que la honorabilidad deje de ser utilería o pirotécnia. Que el cargo no sea un disfraz con sueldo gerencial, sino una obligación que incluya —idealmente— trabajar, proponer y, en un giro verdaderamente audaz, coordinarse. Porque hasta ahora, entre retiros de fondos de las AFP reciclados, declaraciones bizantinas sobre la preocupación que hay en algunas trincheras, la acción concreta brilla por su ausencia, y es justamente lo que se necesita. No pidamos más, ya que nos puede pasar la cuenta.

 

Esta es la selva, bienvenidos. 

Etiquetas: #Política
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