* Por Magdalena Rosas Ossa
Hay gente que lo llama Dios, otros lo llaman energía, destino. El resultado es que los humanos venimos a este mundo a aprender a vivir y sobrellevar lo mejor posible lo que nos toca.
Están comenzando a florecer los calafates y los cerezos, las plantitas que durmieron todo el invierno, comienzan a manifestarse con su esplendor de siempre.
La mayoría de nuestros cercanos, sabe que Peter Hartmann y yo somos una familia, con dos hijos y dos nietos preciosos. Sí, una familia. Especial, atípica, con altos-altos y bajos-bajos, pero familia al fin.
Nuestros cercanos saben también que Peter está con una enfermedad muy grave y que sus hijos y yo estamos dándolo todo para acompañarlo.
Me llena de orgullo ver a los hijos ocupándose de su padre, verlo a él preocupado de sus columnas y atendiendo todo lo que puede, especialmente, "Aysén Reserva de Vida". Este concepto creado por él en los ochenta, que no es un lema o un eslogan, porque, es y ha sido siempre para él, una forma de vivir, de dar testimonio y demostrar su amor por la Patagonia desde que llegara a principios de los ochenta a Caleta Tortel.
Su vida fue marcada tan profundamente por la experiencia, que apenas pudo se vino a vivir a Aysén, trabajando en el Ministerio de Vivienda y después dedicando su vida a la defensa de Aysén: de la instalación de salmoneras en Áreas Silvestres Protegidas, de los basureros de residuos nucleares que los argentinos querían poner en Gastre, de las represas que el Estado Chileno quería instalar en la región de Aysén. De que los planos reguladores de los poblados de la carretera austral tuvieran sentido patagónico y respeto por la idiosincrasia de la gente, y tantas batallas más en que él ha sido profundamente consecuente.
Visiones muy particulares fueron las de los pioneros cuando imaginaron esta tierra y su desarrollo, y me atrevo a decir que no creo que en la zona donde “El que se apura pierde el tiempo”, se hayan imaginado lo que se vive por ejemplo en Coyhaique, donde se vende al mismo tiempo un Mol, un aeropuerto con capacidad para un millón de personas, junto con la locura de las inmobiliarias especulando terrenos a destajo.
No me imagino como van a crecer nuestras ciudades ni hacia dónde. No me imagino lo que está ocurriendo con las poblaciones de la periferia de la ciudad, los basurales clandestinos permanentes, nuestro hospital de alta complejidad y sus trabajadores, qué decir de la educación, cuya quimera del “todos juntos” de antaño, ha desaparecido brutalmente.
El antropólogo Mauricio Osorio Pefaur se imaginaba el territorio de Aysén, como “Una identidad que asoma”. ¿Conseguirá asomarse esta identidad, que atrapó a Peter Hartmann en los ochentas, ser tan fuerte para no seguir desapareciendo?
* Magdalena Rosas Ossa es profesora de Estado y música.