Oriundo de Puerto Cisnes, siempre conocido como el Keru, el fotógrafo autodidacta Querubín Obando (34) se adjudicó un Fondart del Ministerio de las Culturas para desarrollar su proyecto La isla perdida. Su primer fotolibro rescata su propia historia íntima y su primera infancia en Puerto Gaviota, un punto perdido de las isla Magdalena en la Región de Aysén, donde la naturaleza parece competir con la vida humana.
Surgido en la década de los 80 con la explotación de la merluza, Gaviota sobrevive entre la pesca artesanal, el aislamiento y el abandono.
En conversación con DeNota, Querubín nos contó de su metodología, su trabajo de campo y, sobre todo, del cruce salvaje de la naturaleza y la sostenibilidad humana en ese entorno hostil.
Por Rodrigo Campusano | Periodista | @periodistsdelsur
Lo primero que me llama la atención es ese regreso a los orígenes. Siempre te conocimos como el Keru y ahora formalmente vuelves a ser Querubín formalmente con este libro. ¿Con qué lo asocias?
La actividad fotográfica de alguna manera nunca tuvo tal vez un contenido tan claro o una visión o un camino que fuera tan esclarecido; se fue dando de manera orgánica buscando siempre el origen. El primer trabajo que desarrollé fue Pasados de agua, que fue explorar y hacer un ejercicio de volver a Puerto Cisnes después de muchos años, lo que me generaba un cierto malestar. Y estar allá, hacer fotos en ese estado de constante incomodidad, de no querer estar ahí y de alguna manera enfrentar esa sensación a través de la fotografía para que después de manera posterior poder revisar ese material y poder ir encontrando cierta huella… Siento que la actividad fotográfica siempre ha sido dirigida hacia la búsqueda de algo que está atrás, en el pasado, pero que no está tan claro qué cosa es aquello.
A propósito del pasado y el germen de todo esto, de volver al origen, hiciste un trabajo que se vincula mucho con la infancia, por tu hijo, la juventud de tus padres, tu propia infancia. ¿Cómo se vinculan todos estos tópicos?
Justamente es la idea de romper esta dimensionalidad que te da el tiempo donde está el pasado y este presente, quizás un probable futuro. Y distintos pasados. Entonces a través del proyecto buscamos, a través de símbolos, por ejemplo el que mi hijo me acompañara en el trabajo de campo, y fuera él quien también tomara algunas fotografías y descubra este nuevo lugar. Encontrarme a mí tal vez en su curiosidad. Quizás no retratarlo a él como si fuera yo necesariamente, sino desde la mirada que él tenía y desde la curiosidad que generaba todo este espacio y todas las contradicciones que él también iba encontrando peldaño a peldaño.

Tu primer fotolibro se llama La isla perdida. ¿Cómo y cuándo se perdió esta isla que fuiste a reencontrar?
Yo creo que la isla como tal estuvo perdida desde la infancia. Estuvo perdida desde la infancia no siendo configurada mi cabeza como un ente que estaba extraviado. Y creo que se configura de manera más clara a través del ejercicio fotográfico, desde hace ocho años. La isla perdida es finalmente este conjunto de preguntas que están difuminadas detrás de una neblina y que no tengo acceso a esas preguntas siquiera. Entonces a través de la fotografía puedo encontrar al menos una cercanía a las sensaciones que me genera esta ausencia de pasado. Durante la adolescencia y la plena adultez también evadí mucho tiempo esta sensación que me inundaba. Entonces también le puse un stop a todo esto y es en la fotografía donde encuentro una forma de explorar esta ausencia de pasado, en la búsqueda también del archivo que siempre es muy importante para cualquier fotógrafo, revisar el archivo de sus padres, el archivo familiar, el histórico tal vez de un lugar y encontrarse en él también sitúa de una manera, da un contexto de cómo fue. Qué fuiste en ese momento. al no existir, al no tener mis padres ningún tipo de registro audiovisual, solamente algunos relatos, se genera un espesor en la neblina que te mencionaba antes. Así que todo se pueda difuminar un poco más, pero a la vez también me daba esa libertad de poder explorar también él como yo, me imagino, a través de lo que me cuenta mi padre, mi madre, las personas que están en Gaviota, la gente que vivió, la gente que se fue, la que todavía está allá, y como Caetano, mi hijo, se vincula con este espacio, cómo camina por ese lugar, cómo los mira, cómo se siente al encontrarse ahí. Y a través de todas estas aristas ir creando este imaginario como podría haber sido. Y ahí es cuando me gusta mencionar que finalmente traspasa mi propia experiencia o mi propia historia, porque finalmente no es lo que está en el libro, sino lo que imaginamos todos en conjunto, todas las personas que están involucradas en el relato.
Considerando que Puerto Gaviota es un lugar que está aislado, al que es difícil llegar, que tiene un clima complejo, ¿cómo fue tu metodología de trabajo enfrentado a este punto que es clave en esta investigación?
En un comienzo teníamos la idea de viajar varias veces a Gaviota para poder hacer varios trabajos de campo. Hubo varios viajes cortos, pero por las inclemencias del tiempo, además, a propósito decidimos hacerlo en invierno por temas de estética también y por qué sentíamos que era el clima propicio que queríamos abordar. Sin embargo, también tenía toda esta situación de que se cerraba el puerto, la barcaza no pasaba, se echaba a perder, lo condensamos todo en un gran viaje. Desde la planificación decidimos partir desde muy afuera, con las entrevistas obviamente a la fuente, primero a mi madre, después a mi padre en Puerto Montt. Y las entrevistas tenían que ver con recabar información útil, obviamente de personas que todavía están viviendo allá, que los recordaban a ellos, que recordaban fechas, lugares, ubicaciones en el mapa específico donde pudo haber estado la casa que construimos, que construyó mi papá y con toda esta información seguimos con mi madre, preguntarle al respecto de la misma información para poder tener una idea un poquito más clara y después conversar también con personas que estaban en Puerto Cisnes, en Raúl Marin. Y de a poco ir caminando hacia la isla como recabando la mayor cantidad de información posible. Cristhian Garabito de Puerto Cisnes también fue una persona que me ayudó con varios contactos de Gaviota y cuando ya llegué a Gaviota yo ya tenía más o memos un mapeo como más ejecutivo de quiénes vivían, quiénes me conocían, quiénes conocían a mi familia, y me hizo acercarme de mejor manera. Entonces ya teníamos esa planificación más o menos lista. Después venía la segunda parte de poder investigar a través de Internet. Eso era secundario dentro de todo, lo más importante era estar con las personas y poder leer un poquito que es lo que sentían con respecto a lo que estábamos conversando. Más allá de la información tan específica como las fechas, los lugares. No era un ejercicio tan periodístico, tenía mucho de poesía. También es ahí donde decidimos incorporar a Caetano dentro de este viaje. Realizamos un ejercicio que fue entregarle una cámara análoga, un rollo de fotos y enseñarle cómo se usaba la cámara, que él explorara este instrumento y entendiera algunas cosas, entender que el visor tenía un palito, que cuando el palito estaba al medio te estaba diciendo que la luz era la adecuada para hacer una foto. Con esto él un poco comprendió y decía ‘esto me interesa, esto me gusta’, miraba y me decía ‘la luz está bien’.
Un mundo desconocido para un niño que nació el año 2021.
Claro, igual me ha visto siempre con las cámaras, me acompaña a cargarlas, a sacar el rollo, cuando recibo los revelados él es de los primeros que generalmente ve la fotografía; me ha acompañado en este camino de la fotografía análoga.

Respecto de Puerto Gaviota, me imagino que hay pocas cámaras allá y pocos equipos para registrar. ¿Cómo fue volver con equipos y qué equipos llevaste?
Llevé equipo digital, mi cámara Sony típica que es la única que tengo, un par de lentes. Pero la verdad es que quise jugármela un poco en la isla y decidí sólo hacer foto análoga. Llevé seis rollos Fuji, de 400 y 200 ISO, todo color. Lo que más usé fue 400 porque tenía mayor rango para trabajar. Al final decidió usar sólo el análogo, sentí que era menos invasivo con el espacio y creo que estaba más conectado porque de alguna manera la foto que se hizo, o el registro que se tiene de aquella época es todo análoga. Encontré que había una consecuencia muy hermosa ahí de usar el mismo equipo o el mismo papel fotográfico que se usaba en esa época.
La isla perdida alude también el clima político que vivieron tus padres. ¿Sientes que conversa ese clima político con el clima meteorológico de la isla?
Sí, yo creo que es un lugar que ha estado en constante conflicto. Gaviota es un conflicto en sí. Tenemos que tener superclaro que Gaviota está ubicado dentro de un parque nacional y que se constituye primero como villa, como este pueblo de plástico siendo ya un Parque Nacional. Entonces ellos tuvieron que luchar siempre con su existencia en ese espacio, desde lo político y obviamente desde lo climático porque también es un lugar que parece que no quiere a las personas ahí. Hay temporales, hay una forma de vivir siempre cerrada a las rocas y tratando de encontrar subsistencia. Si tú vas ahora a Gaviota, la naturaleza se la está comiendo. Hay muchas señales de que hay espacios físicos en la tierra donde pareciera que los humanos no debiéramos estar, pero también creo que está la esencia humana de querer habitar ciertos lugares.
La contradicción vital siempre.
Sí, y el libro aborda mucha contradicción. Van a encontrar esta dualidad que se mezcla, y símbolos que están ligados a la vida, a la muerte, la infancia y todo lo que engloba. Es algo que está muy limpio, que está como recién caminando en el mundo, impoluto, ya está todo, que también está superoscuro. Y está conversando todo el rato en una tensión que es muy natural. Si bien es un contexto superespecífico, el de Gaviota y el de esta historia en particular, también alude a la infancia y a esta perspectiva de niños y niños que ven cosas que están alrededor suyo y los forman en el mundo, y que está lleno de contradicciones de cosas que ellos no alcanzan a comprender, pero que son parte de este paisaje, de este ecosistema en el que se están de alguna manera formando. Todos los niños que vivimos en esa época nos formamos con esas contradicciones que tratamos al menos de que estuvieran presentes todo el rato en el libro, al menos de manera conceptual, quizás no tan gráfica.
Trabajaste este proyecto de la mano de tu hijo Caetano, ¿cómo se entrelazan en esta publicación tu paternidad con la paternidad de tu padre?
Esa era una de las grandes dudas al escribir el proyecto. Yo me he preguntado, porque ahora empiezo a hacerme otro tipo de preguntas con la paternidad, y cuando pensaba en Gaviota pensaba en que sentía mi papá y mi mamá al criarnos a nosotros, cuáles eran sus temores y sus preocupaciones. Yo soy papá de un niño de 4 años y la verdad es que vivo en Coyhaique porque en el fondo también tengo todo a la mano para que él esté y subsista bien y se desarrolle bien. También siento que los desafíos a los que se enfrentaba eran muy distintos y me generaba una tremenda duda. Para mí eso era una gran pregunta: como ellos entregaban el amor de papá, de mamá, si había espacio para eso, para los abrazos, para los cariños, para lo fraternal, para el cuidado, para observar al ser humano que se está desarrollando. Es probable que no. Son personas que trabajaban de sol a sol y llegaban a tirarse a la cama para poder descansar y después despertarse al otro día. Esa ausencia tal vez -en ningún caso es una forma de juzgarlos- también forma a un ser humano. La ausencia de esta paternidad está más presente.

Hay dos conceptos que me llaman la atención en tu publicación: el dolor y el miedo. Después de todo, ¿sientes tú que hay esperanza para Puerto Gaviota?
Sí, me pasó en el viaje porque yo tenía toda esta proyección de cómo sentía y cómo era, de acuerdo a lo que me contaban mis padres de lo que era Puerto Gaviota. Al llegar allá también hay un abandono que está muy presente desde el paisaje, desde el pueblo, desde las casas que están tiradas en ese lugar, pero hay un contrapunto precioso en los seres humanos que están ahí todavía trabajando para hacer de ese lugar un lugar hermoso como un lugar que se desarrolle de manera sana, personas que no están ni ahí con la salmoneras, que eso me llama mucho la atención, no es tan común encontrar en el litoral personas que dicen ‘nosotros encontramos esta otra manera de trabajar’, y creo que también, a propósito de eso, es porque Gaviota no se ha desarrollado tanto como Gala, que es una isla que está muy ligada a la salmonicultura y que tiene un avance gigante. El pueblo se ha desarrollado, ha llegado más gente a vivir y pareciese que hay una inversión estatal también, o una preocupación más constante también porque hay una industria ahí. Esto radica sobre todo en jóvenes que están intentando desarrollar el área turística en ese lugar de manera sustentable en temporada de turismo, y en temporada baja siguen pescando, siguen siendo pescadores artesanales manteniendo viva en una tradición que está ad portas de extinguirse.
Dices que Puerto Gaviota fue un lugar que no los quiso. ¿Sientes que a partir de esta publicación puede cambiar esa idea?
Sí, espero que al menos se despierte la curiosidad de las personas para poder explorar estos lugares que están, que existen todavía. Yo creo que estos lugares no quisieron a sus habitantes; y no se sentía eso por el tipo de vínculo que se tenía con este espacio, de total extracción. Gaviota se formó como un lugar donde se iba a extraer toda la merluza que se pudiera hasta que no quedara nada. De alguna manera, los industriales llegaron a socavar con todo lo que había y de las personas que se quedaron muchos terminarían inundados en los vicios, quedando como piezas de ajedrez, olvidados en el tiempo. Pero existe el contrapunto de estas otras personas que sí están tratando de generar un estilo de vida distinto en ese lugar. La señora Galicia que tiene una pensión donde nos quedamos con mi hijo, por ejemplo, y le pone todo el corazón al servicio que ella presta en ese lugar. Otro joven que decidió irse con su pareja para armar una nueva familia. Hay niños que van a crecer en ese contexto y creo que eso es una gran esperanza para que Gaviota no se extinga.