Por Sermo Ferox
Para nadie es un secreto que el Alcalde de Coyhaique proviene del mundo de la gestión social y que su nicho electoral se alimenta de beneficiarios más que de seguidores ideológicos. Y considerando que, a estas alturas, intentar ubicarlo en algún sector político sería un ejercicio más propio de la arqueología que de la ciencia política, aquello explica, en parte, el particular cariz que ha adquirido la acción municipal durante el último tiempo.
Tampoco es un secreto que el Alcalde ha dedicado sus últimas giras y gestiones a asuntos económicos y mercantiles. Hasta ahí, nada particularmente escandaloso: después de todo, promover inversión siempre luce bien en una fotografía. El problema aparece cuando esa promoción comienza a transitar por una zona gris —peligrosamente gris— donde los recursos públicos, las gestiones institucionales y los intereses privados empiezan a entrelazarse con demasiada familiaridad. Una cosa es facilitar el desarrollo y otra muy distinta transformarse en anfitrión, relacionador público y, si la cosa sigue avanzando, quizá hasta en gerente de ventas de determinados conglomerados.
En Coyhaique, por cierto, conocemos bastante bien las consecuencias de aquello. Aquí hemos tenido clases magistrales sobre lo que ocurre cuando la política y el dinero deciden compartir demasiado tiempo en la misma habitación. Ahí está el inolvidable episodio de la famosa “caja de vino” obsequiada al exalcalde Huala, que no traía precisamente un fino mosto, sino que una cuantiosa cantidad de billetes, como parte del bullado caso de las licitaciones de luminarias públicas, ese arreglín tan grosero que terminó teniendo consecuencias penales.
Lo verdaderamente admirable es que, en este país, el prontuario político parece tener fecha de vencimiento. Basta con dejar pasar algunos años y cualquiera puede reaparecer fiscalizando, pontificando o explicándole a los ciudadanos cómo deben cumplirse las normas. Una verdadera historia de superación personal: el hombre tropieza con la ética, cae sobre él todo el peso de la ley, se levanta y vuelve convertido en fiscalizador. Porque si algo jamás ha sido indispensable para hacer carrera en política, es el pudor. La ética, en cambio, parece ser un accesorio opcional.
Volviendo a nuestro presente, se ha celebrado con entusiasmo institucional que ahora podremos “gozar” de innovaciones tan revolucionarias como comprar por internet en una cadena de supermercados que ni siquiera tiene presencia física en la región. El siglo XXI finalmente ha llegado a Aysén, señoras y señores: podemos hacer clic. Y como si aquello fuera poco, se anuncia la próxima llegada de los anhelados malls. El gran salto al desarrollo. La señal definitiva de que Coyhaique ha abandonado el periodo jurásico y ha entrado por fin, al maravilloso mundo de las escaleras mecánicas, los patios de comida chatarra y las vitrinas iluminadas.
La municipalidad parece haber descubierto una nueva fórmula para medir el progreso: menos camas hospitalarias, pero más liquidaciones de fin de temporada; dificultades en educación, pero una amplia oferta de zapatillas; problemas de conectividad, pero tranquilos todos, porque pronto podremos comer hamburguesas idénticas a las de Santiago. Desarrollo, le llaman.
Y claro, esto también se nos presenta soterradamente como prueba irrefutable de la capacidad de nuestro Alcalde para “contener todos los frentes”, incluso el de convencer a empresarios de que invertir en la región puede ser rentable. Noticia de última hora: los empresarios descubren que invertir donde pueden ganar dinero es, precisamente, una de las principales razones por las que existen los empresarios.
Pero parece que debemos agradecer el milagro, porque aquí se nos quiere vender como una proeza política que una empresa multinacional decida instalarse en un territorio donde espera obtener utilidades. Casi como si el directorio de Walmart se hubiese despertado una mañana preguntándose cómo podrían hacer una obra de caridad para los desposeídos patagones.
Desde luego, nadie discute que el acceso a más bienes y servicios puede traer beneficios. Sería absurdo sostener lo contrario. Lo discutible es esa idea bastante rudimentaria según la cual la presencia de un mall constituye, por sí sola, una especie de certificado de desarrollo.
¿Y la salud? ¿La educación? ¿El medioambiente? ¿La seguridad? ¿La conectividad? ¿La infraestructura? Detalles, seguramente.
Porque, al parecer, nada representa mejor el progreso que poder comprar tres poleras por el precio de dos mientras se espera meses para obtener atención médica de un especialista.
También convendría hacer una pregunta incómoda: ¿corresponde a un Alcalde convertirse en promotor de inversiones privadas de capitales multinacionales? ¿Es su función asegurar que la comuna tenga un mall?
De acuerdo con la legislación vigente, y para tragedia del team municipal, la respuesta no es precisamente un entusiasta “sí, señor”. Pero estamos en Chile. Esa angosta franja de tierra donde la legislación suele venir acompañada de un espacio interpretativo suficientemente amplio como para que alguien, con imaginación, abogados y ganas, encuentre siempre la forma de hacer la ley y, simultáneamente, comenzar a diseñar la trampa. Existen, por supuesto, zonas poco definidas, atribuciones interpretables y materias que hacen las delicias de abogados, académicos, políticos y de esa selecta minoría de personas que disfruta discutiendo reglamentos. Para el ciudadano común, en cambio, el razonamiento es bastante más sencillo: queremos multitiendas, nadie había logrado traerlas y ahora alguien está dispuesto a hacer las gestiones.
Aplausos.
El problema es que entre facilitar condiciones generales para la inversión y utilizar recursos, tiempo, plataformas o influencia institucional para favorecer a actores privados específicos existe una línea. Una línea delgada, sí. Pero no por eso invisible. Más aún cuando la Municipalidad parece haber desarrollado ciertas preferencias, porque en Chile existen numerosas cadenas de supermercados, centros comerciales y redes de abastecimiento. Sin embargo, aquí da la impresión de que algunas empresas reciben más entusiasmo municipal que otras. Y en el libre mercado todo puede valer, naturalmente, mientras se trate de privados compitiendo con privados. Cuando entran recursos fiscales y capacidades públicas a la ecuación, la cosa cambia. Ahí la línea divisoria se vuelve particularmente importante. Aunque, al parecer, para algunos funcionarios de Bilbao con Cochrane esa línea es tan fina que sencillamente no la vieron.
Y no, esto no se trata de encontrarle todo malo a todo. Ese argumento suele ser el refugio favorito de quienes prefieren evitar las preguntas incómodas. Se puede celebrar la llegada de inversión y, al mismo tiempo, preguntarse por las prioridades, ya que si existe tanta preocupación por traer un mall, ¿por qué no desplegar el mismo entusiasmo para promover la instalación de una clínica? ¿O de universidades? ¿Centros de formación técnica? ¿Nuevas alternativas en salud especializada?. Eso también es desarrollo. Y, probablemente, uno bastante más útil que aumentar la disponibilidad física de las últimas tendencias de temporada.
Aysén necesita avanzar en demasiadas materias como para reducir la discusión del progreso a la posibilidad de consumir más. Necesitamos mejores caminos, mayor conectividad, más y mejores servicios de salud, oportunidades educativas, infraestructura y condiciones que permitan a la región dejar de depender, para tantas cosas elementales, de viajar miles de kilómetros o resignarse a no tenerlas.
Sin embargo, hemos decidido comenzar por el camino más corto: traer más comercio. Brillante.
Solo queda esperar que alguien haya pensado en las consecuencias, porque la llegada de grandes cadenas no ocurre en el vacío, tiene efectos viales, urbanos y económicos. Y, particularmente, sobre el comercio local. Es difícil para un pequeño comerciante competir con los precios, volúmenes y espaldas financieras de una multinacional. Tan difícil como pretender que un pequeño restaurante pueda competir en igualdad de condiciones con una cadena internacional respaldada por millones de dólares y un departamento de marketing más grande que varios servicios públicos.
Entonces cabe otra pregunta: ¿la Municipalidad ha calculado cómo estas gestiones afectarán a sus propios electores, a esos pequeños comerciantes, emprendedores y familias que durante años han sostenido buena parte de la actividad económica local?. Lo dudo seriamente.
O se trata de un error de cálculo político monumental, o la decisión ha sido tomada considerando otras variables. Algunas de esas variables son, precisamente, las que intentan vigilar la Ley del Lobby y la Ley de Transparencia. Pero seguramente todo está en perfecto orden. En Chile siempre lo está. Hasta que deja de estarlo y aparece una carpeta investigativa, que es desmentida tajantemente por el acusado.
“¡Es la economía, estúpido!”, popularizó James Carville en la campaña presidencial estadounidense de comienzos de los noventa. La frase buscaba recordar que la situación económica debía ocupar el centro de la discusión política. Aquí parece haber sido reinterpretada con bastante creatividad: primero la economía, después el resto. Primero el negocio, luego vemos si queda tiempo para hablar de salud, educación, medioambiente o conectividad.
Y eso es precisamente lo que comienza a percibirse en el actual quehacer municipal: un curioso algoritmo de cálculo político donde resulta difícil saber dónde termina el interés público y dónde comienza la fascinación por el capital privado. Porque, seamos sinceros, dudo que el gerente general de Walmart venga a votar a Coyhaique. Aunque, desde luego, existen otras formas bastante conocidas y criticables de participar en la vida política. Pero dejemos eso ahí. No vaya a ser cosa que alguien confunda una columna de opinión con una investigación judicial.
Mientras tanto, los aiseninos siguen esperando calles decentes, mejores soluciones en salud, más oportunidades educativas, avances reales en conectividad y políticas serias para enfrentar los desafíos ambientales de una región que suele aparecer en los discursos mucho más que en los presupuestos, pero no seamos ingratos, pronto podremos estar a la moda. Y, con un poco de suerte, endeudarnos más cómodamente para comprarla.
Así crece la economía, dicen, o al menos así se ve desde la vitrina.