Por Sermo Ferox
Según repiten con devoción los expertos en publicidad y construcción de marcas, no existe tal cosa como la mala publicidad. Lo verdaderamente importante es permanecer visible, sostener la vigencia aunque sea a punta de controversias, torpezas o espectáculos menores. En política, esta máxima no sólo aplica: gobierna. Y para desgracia de cualquier ciudadano con memoria funcional, los políticos profesionales la comprenden a la perfección, particularmente aquellos que han construido extensas carreras orbitando elecciones, cargos públicos y remuneraciones de alto calibre, como si el sueldo estatal fuese una medalla entregada en reconocimiento al sacrificio supremo de “servir” a la comunidad.
En Aysén conocemos bien ese fenómeno. La región ha sido testigo privilegiado de la admirable capacidad de ciertos operadores políticos para transformar derrotas estrepitosas en relatos épicos, o al menos en ejercicios desesperados de maquillaje comunicacional. Gracias a esa alquimia, figuras como la ex gobernadora regional —hoy diputada— continúan respirando políticamente pese al evidente agotamiento de su proyecto.
Basta recordar su paso por el Gobierno Regional y aquella campaña de reelección que intentó disfrazar una derrota anunciada como si se tratara de una heroica resistencia contra la incomprensión de las masas. Hubo incluso espacio para esa vieja tentación de algunos iluminados: deslizar que el problema nunca fue la mala gestión, sino la incapacidad intelectual del resto para comprenderla. Al final, su proyecto político fue entendido únicamente por ella y por un puñado de colaboradores empecinados en convencerse mutuamente de su brillantez.
Pero en política siempre hay espacio para una segunda vida. O una tercera. O las que permita el cálculo electoral. Aunque la ciudadanía parecía haber entregado un veredicto bastante claro, el politburó socialista insistió en que todavía existían votos suficientes para garantizarle un nuevo cargo. Sólo faltaba encontrar el traje a medida: el cupo senatorial.
Ese premio no llegó. Pero como la política chilena jamás deja a los suyos completamente a la intemperie, apareció rápidamente un premio de consuelo: una candidatura a la Cámara de Diputados. Y así, cual ave fénix financiada con recursos públicos, la ex autoridad regional terminó integrando el selecto equipo parlamentarios chilenos: sueldos exuberantes, asignaciones generosas y beneficios únicos para una especie única, claro está.
Aquí aparece el verdadero meollo del asunto. Desde ese sentido común tan despreciado por las élites, pero tan útil para distinguir lo evidente, uno podría suponer que una autoridad que ya demostró incapacidad para liderar equipos, construir acuerdos transversales y sostener gobernabilidad política, además de haber sido derrotada en su primer intento de reelección, difícilmente debería volver a ser considerada para otro cargo de representación popular, pero Chile siempre encuentra maneras de superar el absurdo. Entre un mal gobernador y un parlamentario hay apenas una elección de distancia, un cálculo electoral oportuno y un ejército de fieles dispuesto a tapar el sol con un dedo… o con una pauta de prensa.
Y es precisamente ahí donde cobra fuerza el título de esta columna: no existe mala publicidad.
Se sabe que el trabajo parlamentario tiene poco de cinematográfico. Las leyes avanzan con lentitud burocrática, los procesos legislativos son tediosos y rara vez permiten construir epopeyas útiles para redes sociales. No hay cintas que cortar, placas que descubrir ni multitudes que aplaudan inauguraciones irrelevantes.
Por eso resulta tan revelador el reciente anuncio de la diputada celebrando la inauguración de su sede parlamentaria como si se tratara de un logro regional de magnitud histórica. Como si disponer de oficinas para que una autoridad haga su trabajo fuese una conquista ciudadana y no una obligación administrativa básica financiada, por supuesto, con dinero público. El episodio no es trivial. Delata una necesidad casi compulsiva de permanecer en vitrina, de convertir cualquier formalidad en noticia y cualquier rutina en hito político. Quizás porque, hasta ahora, su gestión legislativa parece reducirse a declaraciones de preocupación cuidadosamente calculadas y a oportunas apariciones en puntos de prensa nacionales.
La estrategia, en realidad, no es nueva. Durante su paso por el Gobierno Regional ya había convertido las redes sociales en una especie de reality político permanente: reels, fotografías, videos y publicidad constante sobre sus desplazamientos diarios, como si la autoridad misma fuese más importante que los resultados de su gestión.
Mención aparte merece la ceremonia inaugural, ornamentada por un pequeño desfile de figuras de modesta relevancia pública, un trovador local carente de éxitos, algunos dirigentes sociales y el incombustible círculo de hierro de la diputada. Entre ellos destacó el derrotado ex alcalde de Cochrane, aparentemente ya instalado en esa triste tradición política del “debut y despedida”. Todo apunta a un sucedáneo de grandeza y conexión con la comunidad, que ciertamente necesita muchas más cosas que una oficina para dos o tres colaboradores.
Ojalá llegue el día en que las noticias sobre nuestros parlamentarios dejen de girar en torno a opiniones personales, preocupaciones performáticas e inauguraciones irrelevantes, y comiencen a relacionarse con proyectos de ley serios, fiscalización efectiva al Ejecutivo y avances concretos para la región.
Porque, aunque algunos insistan en lo contrario, Aysén necesita bastante más que oficinas nuevas y campañas eternas de autopromoción.