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Paisajes, utopías y un regalo

En su nueva columna, Magdalena Rosas rememora su amistad con los Tompkins y su llegada a la Patagonia hace más de 40 años.

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Aysén
Paisajes, utopías y un regalo
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Por Magdalena Rosas Ossa *

 

Fue en la década de los ochenta que Douglas Tompkins llegó por primera vez  a nuestra casa en Coyhaique.  En esos días yo estaba leyendo  a Theodore Roszak, “El nacimiento de una contracultura”. Reflexiones sobre la sociedad tecnocrática y su oposición juvenil, un libro que parece aún fascinante.

 

Yo financié la primera edición de ese libro, me dijo Doug, sencillamente,  mientras tomaba una “agüita” de alguna hierba del jardín.  Lo miré impactada, no me atreví a hablar.

 

Venir a vivir a Patagonia hace más de cuarenta años, fue  para nosotros una necesidad impulsada por la búsqueda  de hacer una vida diferente,  donde pudiéramos aprender y aportar a un sistema de vida  mas natural , generoso y de  sobrevivencia a otra escala.  Llegamos con el ímpetu y la soberbia de la juventud, con la experiencia brutal de la gran ciudad. Recuerdo que me sorprendió mucho la primera vez que bajé de la barcaza en Chile Chico y vi un cartel de anuncio de población: Chile Chico. 2000 habitantes. Era la misma cantidad de población entre alumnos, apoderados y profesores que tenía el colegio donde yo trabajaba en Santiago.

 

Desde esos años, Doug fue una presencia constante  en nuestras vidas. De alguna manera alguien del cual siempre terminábamos hablando. Una vez sobrevoló con su avioneta la casa del cerro, la señal de que nos esperaba en el aeródromo para venir a quedarse con nosotros.

 

Aunque la primera impresión era de ser un tipo que  “seguía hacia adelante sin mirar para el lado”, con el tiempo descubrí a un hombre  focalizado y con  sus ideas completamente claras, con una sensibilidad  superior a muchas otras personas de las que me ha regalado la vida para conocer.  Era capaz de dejar  lo que estaba haciendo para compartir las imágenes de la parte Argentina de Valle Chacabuco que le fascinaba. Cuando escribo esto me vienen los colores amarillos de las flores, las montañas color café claro, el azul del cielo en esa parte del territorio.  Este recuerdo me hace pensar en Kriss y su enorme amor, en  Lito y Linde que nos han regalado tanta poesía , tantos colores, tanta amistad a pesar de vernos tan poco.

 

No quiero dejar de pensar en la ultima vez que vi a Doug con vida en el Valle Chacabuco. Las veces que pasamos por ahí, siempre bajé a saludarles.

 

En ese último viaje y aunque estaba con una visita importante, se dio el tiempo para mostrarnos  las instalaciones de la recepción del parque. Era una joya de mobiliario, un espacio increíble en medio de la nada.

 

Han hecho un trabajo gigante le dije, y le pregunté ¿para que tanto?

Porque tiene que durar cien años, me contestó con seriedad profunda.

No sé si se lo dije, pero lo pensé:

Cuando tu no estés podrá pasar cualquier cosa.

Como efectivamente pasó.

 

El parque fue entregado a Conaf y la instalación es, según entiendo, administrada por  una cadena hotelera que instaló sin piedad la imagen corporativa de su empresa y sacó el mobiliario que quizás dónde fue a parar (no quiero repetir lo que dicen las malas lenguas).

 

La ultima vez que fui al Valle,  una chica de uniforme intentó frenar mi acceso. Me disculpo, actué bruscamente. Entré a “mi casa” a pesar de su incomodidad.

 

En tu memoria, recorrí el lugar con sentimientos de rabia y pena. Me fui pensando.

-Aquí ya no quiero volver más.

 

¿Será que nuestras utopías están condenadas? Me pregunto al cruzar el valle en medio de este inmenso paisaje,  disfrutar cada día de las fotos de Linde en el libro que tengo siempre abierto en mi sala, en el viaja a Pumalin con mi hijo y mis nietos y me respondo: Igual de todas maneras Vale la pena.

 

Gracias Doug y Kriss Tompkins.

 

* Magdalena Rosas Ossa es profesora de Estado y música.

Etiquetas: #Comunidad #Cultura
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