* Por Magdalena Rosas Ossa
A mis queridos amigos Pato Segura que se va
y a su compañera Miriam que se queda.
A principios de los años noventa, realizamos la primera gira musical de la Orquesta Infantil de la Escuela de Música de Coyhaique, a Caleta Tortel. Junto con la gran experiencia que fue ir con los y las niñas y jóvenes que nunca habían viajado al sur de la región y recorrer las pasarelas, lugar donde no habían circulado todavía instrumentos como nuestros violines, violonchelos y contrabajos, para todas y todos fueron unos días inolvidables.
Aún no había camino a Tortel y la forma de llegar era navegando el Rio Baker desde Puerto Vagabundo, donde nos esperaba la lancha municipal.
Al volver después de haber realizado varias actividades maravillosas en Tortel, subimos en la misma lancha municipal que nos dejaría en el Vagabundo. Al pasar un rápido con muchos troncos grandes bajando por el río, el botero de gran experiencia, señaló una playa y dijo:
– Ahí se dio vuelta un bote con una familia: Papá, mamá y dos niños, solo se salvó el papá y los dos niños, la mamá nunca se encontró–
–¿Pero como? – pregunté yo sin saber que decir.
– Es que no estaba ahí la muerte para ellos, solo estaba para ella– respondió seriamente el botero.
La sabiduría de esa respuesta del botero, que nunca supe su nombre, me acompaña hasta hoy. Sin cuestionar nada, acepto con mucho dolor, que tal vez la muerte está para nosotros en el lugar y el momento justo, aunque a quienes sobrevivimos, nos parezca arbitrario, injusto, una canallada de la vida.
En esta sociedad loca, consumista y que mayoritariamente, carece de espiritualidad, los momentos de la muerte nos acercan inevitablemente, a lo insondable de la vida.
La muerte de personas amadas que llega sin aviso, y sin tiempo de preparación, son las peores. Muchas veces quedan demasiadas situaciones abiertas, proyectos inconclusos, preguntas sin respuesta y un sentimiento de dolor infinito, pero al mismo tiempo nos quedan los recuerdos, los proyectos y los mensajes que atesoramos para siempre.
Los que nos rodean, dicen con muy buenas intenciones, –Ya lo superarás, ya saldrás adelante, te acostumbrarás– Yo digo que no. Nunca se supera. Se aprende a vivir con la ausencia y eso es importante que quienes nos rodea y quieren, lo comprendan. Frente a la perdida necesitamos ser aceptados con nuestro dolor, con el tiempo que necesitemos para aprender a vivir de nuevo, con nuestra necesidad de mantener vivo el espíritu de la persona amada que se ha ido, nuestra complicidad.
Quien ha fallecido no desaparece con la muerte, nos acompaña de una manera intangible, inmaterial. Es cuestión de fe. Simplemente aprendemos a vivir acompañadas de estas ausencias y este dolor. Por este instinto de sobrevivencia, seguimos adelante pero ya no somos los mismos. Ahora pensamos por nosotros y por el que no está. Mantenemos con quienes amamos y que se han ido, una conversación interna que no termina nunca.
No hay otra opción, es la ley de la vida. Muchas veces expresé este dolor con rabia indignación impotencia hacia ellos y por eso debo pedir a mis queridos muertos que me perdonen.
Hoy a partido nuestro querido Pato Segura, un amigo de esos que saben escuchar, preguntar, hacer juicios incisivos que remecen, que cuestionan y al mismo tiempo un amigo con una ternura, una generosidad y una sonrisa infinitas.
Te comenté que tu carta de amor a Miriam me hizo llorar, me contestaste – pucha...
–En buena – te dije, es que tengo tan presente cada vez que voy a verlos, las conversas, lo que se dicen entre ustedes, lo “compinches” que son.
–“Compinche”, me gusta esa palabra me dijiste.
Todo lo demás fue silencio y memoria.
Vuela alto, Pato querido, que la tierra te sea leve.
* Magdalena Rosas Ossa es profesora de Estado y música.