Por Sermo Ferox
Chile atraviesa uno de esos momentos históricos que suelen pasar inadvertidos hasta que ya es demasiado tarde para fingir sorpresa. Vivimos una época donde las convicciones han recuperado un prestigio que creíamos enterrado junto a los manuales de la Guerra Fría. Hoy, nuevamente, importa menos la evidencia que la fe; menos los resultados que la pureza doctrinaria. Y así, mientras algunos discuten con fervor casi religioso sobre el tamaño ideal del Estado, el resto del mundo parece ocupado en asuntos menores: inteligencia artificial, reconfiguración geopolítica, seguridad energética, productividad y competitividad.
Aquí seguimos atrapados en debates que en otras latitudes ya fueron archivados o, al menos, adaptados a la realidad. China y Estados Unidos se disputan el liderazgo tecnológico del siglo XXI; Europa ha comenzado a revisar muchos de los dogmas fiscales que durante décadas presentó como verdades reveladas; América Latina continúa entregada a su deporte favorito: la polarización. Y Chile, siempre creativo para llegar tarde a las discusiones importantes, insiste en pelear batallas ideológicas que otros abandonaron hace años. Aysén, por supuesto, no está al margen de esta curiosa afición nacional. En una región donde buena parte de la actividad económica depende directa o indirectamente de la inversión pública, discutir el rol del Estado no es un ejercicio académico ni una sobremesa para comentaristas de redes sociales. Es una cuestión práctica, terrenal, casi contable. Pese a esto, algunos entusiastas del libre mercado todavía creen que basta con repetir tres veces la palabra "libertad" frente al espejo para que aparezcan carreteras, hospitales e infraestructura por generación espontánea.
La realidad regional tiene una mala costumbre: no respeta los eslóganes. Si el Estado se paraliza, la economía regional se resiente. Si la inversión pública disminuye, el sector privado comienza rápidamente a mirar el horizonte con ansiedad. Salvo algunas excepciones, como la industria salmonera, que hace años descubrió que Aysén funciona bastante bien como destino productivo mientras las utilidades hacen turismo fuera de la región.
Por eso resulta fascinante observar cómo una mayoría política identificada con la derecha local parece empeñada en defender recetas que, aplicadas rigurosamente, tendrían efectos bastante parecidos a desconectar el respirador económico del territorio. Aysén no necesita menos Estado. Necesita un Estado más eficiente, más ágil, más inteligente y más presente. Pero esa conversación exige algo escaso en política: sentido de realidad. En cambio, nuestras autoridades parecen habitar una dimensión paralela donde la prioridad no es resolver problemas, sino producir contenido. La política regional se ha transformado en una competencia de posicionamiento digital. Hay quienes llegaron prometiendo gestión y resultados, pero han terminado destacando principalmente por la intensidad de sus lamentos y la frecuencia de sus publicaciones. La producción de reels o sonrisas “espontáneas” parece avanzar con bastante más rapidez que la ejecución de proyectos.
Particularmente notable es la obsesión de algunas autoridades por convertir sus redes sociales en una mezcla entre programa de entretención y diario de vida. Fotografías, sonrisas, bromas, videos casuales y toneladas de contenido autorreferente. Todo muy cercano, muy humano y muy viral. Salvo por un pequeño detalle: gobernar no consiste en acumular reacciones ni comentarios. El cargo de autoridad nunca incluyó la obligación de ser influencer, para tragedia de muchos asesores, jefes de gabinete y expertos comunicacionales.
En el Congreso tampoco faltan los clásicos. Sigue vigente la figura del parlamentario “obrero” que se presenta como defensor irrestricto de los trabajadores mientras negocia votaciones que afectan precisamente a quienes asegura representar. Pero no hay mayor problema. La memoria electoral suele ser breve y la gimnasia discursiva de algunos legisladores merece reconocimiento olímpico. Prometen una cosa, votan otra y luego explican ambas simultáneamente con admirable creatividad, siempre con el patrimonio de la razón y el bienestar de la democracia.
Mientras tanto, los municipios mantienen una relación cada vez más dependiente con el Gobierno Regional, al punto que este último comienza a parecer una suerte de "municipalidad premium" con presupuesto ampliado. Paradójicamente, cada nuevo proyecto financiado desde el sector público termina recordando la misma verdad incómoda: el tan despreciado Estado sigue siendo el principal motor del desarrollo territorial.
Por eso cuesta imaginar cómo funcionarían en Aysén ciertas fantasías importadas desde los laboratorios ideológicos de moda. Los admiradores locales de Trump o Milei suelen describir un futuro radiante de libertad económica y mínima intervención estatal. Lo curioso es que esa visión suele ser defendida desde territorios cuya supervivencia depende precisamente de aquello que pretenden reducir. Es una especie de veganismo financiado por una cadena de parrilladas.
Lo que observamos hoy en Aysén ya no es una disputa ideológica seria. Es una competencia comunicacional. Una lucha por aparecer, comentar, reaccionar y posicionarse. La oposición no ha logrado construir una alternativa coherente frente a un oficialismo que avanza impulsado más por convicciones que por cálculos. Y cuando la oposición se limita a repetir consignas importadas sin considerar las particularidades del territorio, termina funcionando como colaborador involuntario de aquello que pretende combatir.
Para la derecha regional el dilema es evidente: asumir la realidad o seguir recitando eslóganes. Porque resulta difícil sostener simultáneamente que el Estado debe reducirse mientras se exige más inversión pública, más subsidios, más infraestructura, más conectividad y más presencia institucional. Es la versión política del consumidor que exige descuentos permanentes mientras critica la existencia de las tiendas.
En definitiva, la gran propuesta parece ser una fórmula novedosa: libertad absoluta, siempre que la financie el Estado. Liberalismo subsidiado. Mercado con respaldo fiscal. Rebeldía presupuestaria con cargo al erario público.
Y así transcurren los días. Exautoridades, candidatos permanentes y expertos de temporada desfilan por programas de opinión empuñando diagnósticos grandilocuentes, frases de catálogo y certezas inquebrantables. Todos parecen preparados para librar grandes batallas ideológicas. Lástima que la realidad regional esté esperando soluciones y no discursos.
Quizás pedir resultados en tiempos de contenido sea una exigencia excesiva.