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Busco un pintor de mariposas

La música y columnista de DeNota, Magdalena Rosas, hace memoria en torno a un torturado que pasó por su adolescencia pintando mariposas.

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Aysén
Busco un pintor de mariposas
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* Por Magdalena Rosas Ossa

 

Dedicado a los familiares 

y victimas de tortura      

y desaparición forzada en Chile.

 

Las pintó hace cincuenta y tres años en mi jardín.

 

Le tiritaban las manos, había huido de un centro de tortura, su mujer estaba embarazada y prisionera en ese mismo lugar.

 

Cuando me hablaba, yo imaginaba un lugar chico, fétido, todos apretados en una pieza oscura con hambre, pasándose tal vez un papelito, buscándose entre ellos cuando los llevaban al baño amarrados y con vendas en los ojos.

 

De esos mensajes en susurros, él sabía que ella estaba viva en el mismo lugar.

 

No sé como se llama, nunca lo supe, porque no tenía que saberlo:  Le decían “El chico”.

 

Era artista. Había tenido un departamento taller, pero se lo allanaron los de la Dina: “Me robaron todo”, me dijo ese día, “...nunca voy a poder volver ahí”…

 

Yo tenia catorce años recién cumplidos, debía ir al colegio, pero me habían dejado dar exámenes libres, para estudiar mi violonchelo.

 

Mi mamá escondía gente en la casa. Gente que tenia que ser asilada en una embajada, gente que no tenía donde estar. La casa era segura, tenía un jardín interior, los vecinos no tenían cómo ver las cosas que pasaban dentro.

 

Por eso ellos se quedaban ahí, llegaban como amigos de alguien, como habían llegado siempre los amigos a esta casa abierta amigos de amigos; parientes… Nadie preguntaba.

 

Les hablábamos como a viejos conocidos. No salían. Se quedaban semanas en la casa y nunca decían su nombre verdadero, esa era la consigna. Leían, dormían, ayudaban, escuchaban la radio Colo Colo. Él me enseño a descifrar los mensajes de la radio, a sabe cuándo era el mensaje de algún compañero que estaba vivo, huyendo, esperando un “próximo punto”.

 

A veces yo lo veía mirar hacia el infinito con angustia, respirando profundo con todo ese dolor atragantado.

 

Una tarde en primavera de 1973, recogimos hojas secas del damasco del jardín, dos, tres hojas. El les pintó alas, cabeza, fue agregando cada color con delicadeza, como si en eso se le fuera la vida… y cuando estaban listas las mariposas, las puso arriba de una piedra en mi repisa. Ahí quedaron cuando él se fue.

 

La última vez que lo vi, lo acompañé en los asientos de atrás de la micro, asustado, temblando hacia un destino.  Yo no sé por qué se fue ni a dónde.  Tenía que moverse, esa era otra de las consignas. No debían nunca estar mucho tiempo en el mismo lugar…

 

Hoy su recuerdo ha estado todo el día conmigo, he recordado también que un día las mariposas que él pintó se volaron de mi repisa y quise pensar que en ese instante él, su mujer y su hijo también habían podido volar.

 

Han pasado más de cincuenta años de historias rotas, es tiempo de saber al menos su nombre y tal vez, si tuvimos suerte, reencontrarnos.  

 

Por eso, si usted ha visto por ahí en algún rincón de la vida, un pintor de mariposas, dígale, por favor, que una mujer niña lo está esperando.

 

* Magdalena Rosas Ossa es profesora de Estado y música.

 

Etiquetas: #Política #Comunidad
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