Por Sermo Ferox
Hay algo profundamente divertido —si no fuera tan serio— en observar a ciertos patriotas de temporada enfrentados a una prueba bastante sencilla: defender a Chile cuando quien incomoda es precisamente uno de sus amigos. Durante años hemos escuchado a los republicanos hablar de patria, soberanía, fronteras, Fuerzas Armadas, seguridad y defensa nacional con una solemnidad y fervor que haría pensar que están dispuestos a morir por Chile antes del desayuno, hasta que apareció Argentina y, de pronto, el patriotismo se puso diplomático.
El problema no es Javier Milei ni su repulsivo estilo comunicacional. Tampoco es que Chile tenga una buena relación con Argentina. Mucho menos que ambos gobiernos compartan afinidades políticas. El problema es otro: ¿qué ocurre cuando una nación extranjera hace o dice algo que afecta un interés nacional chileno?, ahí es donde se descubre si el patriotismo era realmente fervor por Chile, o merchandising.
La controversia no nació de una fantasía. En Argentina sigue vigente el Decreto 457 de 2021, cuya Directiva de Política de Defensa Nacional habla del Estrecho de Magallanes como un espacio en el que sería necesario fortalecer la “exploración, estudio y control conjunto”. Chile protestó en su momento y Argentina se comprometió a corregirlo. Cinco años después, el asunto sigue igual. Entonces ocurrió algo todavía más incómodo. Un alto mando de la Fuerza Aérea argentina, afirmó públicamente que “Magallanes, el sur, el Drake, todo eso es soberanía” argentina. El episodio obligó a La Moneda a reaccionar diplomáticamente. Posteriormente, desde Argentina llegaron rectificaciones y reconocimientos de la soberanía chilena, convengamos que en una actitud no muy convincente, pero al menos llegaron.
Hasta aquí, cualquier patriota razonable debería decir: perfecto, se terminó la discusión. Pero no.
Porque mientras el Gobierno chileno afirmaba livianamente que la soberanía está clara, el Presidente Kast decidió —en otra más de sus decisiones inexplicables— que no exigiría a Milei firmar la derogación o corrección del decreto argentino. ¿La razón? Que los tratados ya establecen claramente la soberanía chilena. Es cierto, pero también es cierto que si un documento oficial extranjero contradice o relativiza aquello que nuestros tratados establecen, lo mínimo que corresponde es pedir que ese documento sea corregido, y no porque Chile quiera pelear con Argentina, precisamente por lo contrario.
Las relaciones internacionales serias se construyen sobre certezas, no sobre amistades personales. Y aquí aparece la parte verdaderamente sabrosa de esta historia. ¿Dónde quedaron los republicanos?
¿Dónde están aquellos que nos explicaban que la patria estaba primero? ¿Dónde están los que denunciaban cualquier concesión territorial como una traición? ¿Dónde están los que acusaban a otros sectores de relativizar la soberanía nacional? ¿Dónde están los que aún tienen el Adiós al Séptimo de Línea como ringtone?
Parece que algunos descubrieron una nueva categoría jurídica: la soberanía depende de quién gobierna al otro lado de la frontera, o del estado de ánimo del gobernante de turno. Si Argentina fuera gobernada por un socialista, probablemente estaríamos asistiendo a una conferencia de prensa diaria sobre el peligro expansionista, la debilidad del Gobierno y la necesidad de defender cada centímetro del territorio nacional con uñas y dientes. Pero, como gobierna Javier Milei, amigo ideológico, participante del mismo circuito internacional y protagonista estelar del Foro Madrid, el asunto parece merecer un tratamiento bastante más delicado.
Qué curioso, el patriotismo republicano resultó tener letra chica.
Durante el Foro Madrid celebrado en Santiago, Milei no llegó precisamente a Chile para hablar solamente de integración regional. Su discurso estuvo cargado de batalla cultural, ataques a la izquierda y referencias a la política interna chilena. Incluso calificó a la izquierda de “zurdos mugrosos” y reivindicó una lectura extremadamente parcial de nuestra historia reciente, tan parcial como su interpretación de la realidad económica de su país, que hoy lucha por descifrar si los malls están realmente llenos de compradores o es simplemente IA. Aun así, hubo más preocupación por no incomodar al visitante que por recordarle, con toda tranquilidad y sin aspavientos, que Chile tiene límites.
Eso sí que es una curiosa manera de ser patriota, y conviene decirlo claramente: aquello no significa odiar al vecino. Tampoco significa militarizar la frontera, romper relaciones diplomáticas o convertir cada diferencia en una guerra. Ser patriota significa algo mucho más sencillo: defender los intereses nacionales incluso cuando hacerlo resulta incómodo, especialmente cuando resulta incómodo.
Chile no necesita enemigos argentinos. Necesita algo mucho más elemental: vecinos que respeten los tratados. Y Argentina tampoco necesita enemigos chilenos. Necesita que sus autoridades sean suficientemente responsables como para no emitir documentos, declaraciones o interpretaciones que vuelvan a abrir asuntos jurídicamente resueltos. El Tratado de Límites de 1881 y el Tratado de Paz y Amistad de 1984 están ahí, no son sugerencias, son tratados internacionales.
Recordemos que la política exterior no puede funcionar como una barra brava ideológica. No importa si el Presidente argentino es de izquierda, derecha, libertario, conservador, socialista, monárquico o un extraterrestre con pasaporte trasandino. Si Argentina cuestiona un interés soberano de Chile, Chile debe responder. Y si mañana un gobierno argentino de izquierda hiciera exactamente lo mismo, espero sinceramente que los mismos que hoy piden prudencia fueran igual de prudentes. Pero también espero algo más difícil: que quienes hoy reclaman patriotismo sean capaces de mantenerlo cuando el adversario sea su aliado.
Ahora bien, si la patria se defiende solamente cuando el ataque es boliviano o venezolano, entonces no estamos frente a patriotismo. Estamos frente al marketing, a un sucedáneo, ya que el verdadero patriotismo comienza justamente donde termina la conveniencia.
Por eso sería bueno que los republicanos, los libertarios, los conservadores y también quienes gobiernan recordaran una cuestión bastante antigua: Chile no es propiedad de una coalición, de un partido, de un Presidente ni de una internacional ideológica. Y la soberanía chilena no necesita autorización de Madrid, Buenos Aires, Washington ni de ningún foro político internacional. Tampoco necesita que sus amigos la defiendan. Necesita que sus autoridades lo hagan, siempre.
Incluso cuando el que se equivoca es el amigo, porque la patria no se defiende a la medida de los aliados.
La patria se defiende, punto.