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Recuperemos el orgullo de ser educadores

Nuestro columnista Jesús Herrero escribe sobre el rol del educador en nuestros tiempos, la pérdida de su relevancia en la sociedad y lo que ello conlleva.

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Recuperemos el orgullo de ser educadores
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* Por Jesús Herrero E.

 

La necesidad de transformaciones radicales y profundas en Chile es cada día más necesaria y urgente. Pero nos hacen falta renovadas herramientas que hagan posible esos cambios y puedan darles firmeza y continuidad. Entre esas herramientas la educación es, sin duda, la principal. Esa es la razón por la cual siempre fue, es y será un terreno en disputa.


No somos ingenuos. Somos conscientes de que el punto de partida para transformar el sistema educativo no pasa por crear nuevas leyes y es una tarea enredada, compleja y muchas veces desalentadora. Los criterios mercantilistas instalados en la mentalidad y en las prácticas tanto de las niñas, niños y jóvenes, como de las familias y de los propios educadores, dificultan aún más la implementación de experiencias comunitarias y liberadoras en el mundo de la educación. Por poner un ejemplo, las prácticas pedagógicas han sido secuestradas por el imperio de la  denominada “innovación”, entendida como una finalidad en sí misma, aceptando acríticamente elementos que deberían estar al servicio de la educación y no a la inversa y olvidando que ese concepto proviene del mundo de la empresa y los negocios y no de la pedagogía.

 

El capitalismo parece haber colonizado todos los espacios de la vida y la educación no ha quedado al margen de esa invasión. El relato que se impone en los procesos educativos es el de los valores del éxito y de la realización personal alcanzados individualmente. Por eso, en muchos de los educadores hay una cierta sensación de derrota ante los ídolos posmodernos que aparentemente son demasiado fuertes como para intentar ofrecerles resistencia. Este contexto acaba afectando al trabajo del educador, a su libertad y a su vocación de servicio. Un trabajo tan noble queda finalmente entrampado en un circuito de condicionantes que convierten al educador en un funcionario que tiene que gestionar las expectativas de las familias, de la institución-empresa y de la sociedad. Y esas expectativas no siempre son coincidentes pero siempre son tensionantes y agotadoras.

 

La pérdida de la relevancia social de los educadores que los ha transformado en simples gestores hace que con el tiempo se vaya reduciendo la vocación inicial, afectada por otros roles que le son ajenos. No es solo un tema económico de pérdida de poder adquisitivo, sino que es, sobre todo, una cuestión de sentido y de finalidad. Muchos de nosotros buscamos otra cosa. En nuestro trabajo tratamos de despertar en los estudiantes el compromiso con el Bien Común frente al individualismo. Esto implica, entre otras cosas, un análisis de la realidad social que tenga en cuenta las causas de la desigualdad y la explotación y que despierte en los niños, adolescentes y jóvenes un espíritu crítico que reconozca la dimensión política de toda la vida en sociedad. Sabemos que, cuando nos comprometemos seriamente en la educación con la transmisión de valores como los de la austeridad, el compromiso con la justicia, la humildad y la sencillez en las relaciones, los emprendimientos comunitarios, etcétera, estamos transmitiendo valores alternativos que entran en contradicción con el sistema imperante y van a generar incomprensiones y tensiones. Pero creemos que el planteamiento de una educación liberadora tiene que afrontar este riesgo. De lo contario caeremos en aquello que Paulo Freire denunciaba cuando decía que “afirmar que las cosas son así porque no pueden ser de otra manera es odiosamente fatalista y uno de los muchos medios con los que los que nos dominan intentan abortar la resistencia de los dominados”.


La persona del educador es un elemento esencial en el sistema educativo. Devolverle su rol de autonomía docente y de autoridad es básico para hacer del aula un territorio de libertad y creatividad. Hace falta recuperar la autoestima de ser educadores. Necesitamos conectar y tomar consciencia de que la educación es una relación no solo personal, sino también comunitaria y sociopolítica. Tenemos sueños, tenemos propuestas, tenemos herramientas. Por eso reafirmamos el compromiso de trabajar por la transformación de la educación. Lo haremos humildemente, desde abajo y a la izquierda, con acción y con reflexión, conscientes de que es una labor de largo plazo hasta que volvamos a comportarnos como clase trabajadora al servicio del pueblo, que es lo que orgullosamente queremos ser.

 

* Jesús Herrero es militante comunista y chofer de Uber.

Etiquetas: #Educación #Política
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