DeNota
Opinión

El fundo también tiene canódromo

La periodista Daniela Suau conoce bien a los perros galgos. Los ha cuidado muchas veces como hogar temporal. Y está convencida de que las carreras de estos animales deben terminar porque constituyen un grave maltrato animal.

Columnista DeNota

Columnista DeNota

Aysén
El fundo también tiene canódromo
Compartir: ¡Copiado!

* Por Daniela Suau Contreras

 

Nueve galgos han dormido en mi casa. Nueve cuerpos que llegaron rotos, de una u otra forma, y que se fueron, cuando la vida les alcanzó para irse, aprendiendo por primera vez que una mano humana también puede servir para acariciar y no sólo para golpear.

 

Digo esto no como anécdota tierna, sino como credencial. Porque cuando alguien me dice que las carreras de galgos son una tradición chilena que hay que proteger, yo ya sé, con el cuerpo y no sólo con el argumento, de qué se trata esa tradición. La sé por Danko, que llegó con una pata delantera fracturada y jamás tratada, y que aun así aprendió a confiar en que alguien lo sacaría a pasear sin apurarlo. La sé por Rey, rescatado bajo la lluvia en el sur, con las orejas cortadas, los dientes faltantes y el cuerpo marcado por los anabólicos que le inyectaron para que corriera un poco más rápido, un poco más rentable, antes de ser desechado como una herramienta que ya no sirve. Y la sé también por Lotus, abandonado en una toma, expuesto durante meses a personas que no tenían por qué tocarlo del modo en que lo hicieron. Llegó con el sistema nervioso tan dañado que la piel entera se le había vuelto una herida abierta y necesitaba baño diario para sanar. Al principio, ni siquiera podía acercarme a su cola sin que el miedo lo desbordara por completo.

 

Esa es la letra chica de la supuesta tradición: perros explotados hasta que dejan de ser negocio y luego abandonados, o algo peor. Lo que en el discurso público se presenta como una manifestación típica y tradicional o como folklore campesino chileno es, puertas adentro del canódromo, una economía de apuestas ilegales que nadie en el Congreso parece dispuesto a mirar de frente. Los propios dirigentes de la actividad lo niegan en cámara y lo confirman en la práctica: no hay apuestas organizadas, dicen, mientras reconocen que las apuestas son inevitables: "algo intrínseco en la gente". 

 

El Código Penal tiene una opinión distinta sobre eso, pero la ley, cuando se trata de galgueros, parece aplicarse con la vista gorda de siempre. Y ahí está, en realidad, el núcleo del asunto. Si mañana desaparecieran las apuestas, desaparecerían las carreras con ellas. Ninguna tradición depende de una apuesta ilegal para sobrevivir, sólo un negocio la necesita. Y disfrazar un negocio de tradición no es un descuido, es la forma más eficiente de que nadie pida cuentas. El verdadero problema no es sólo la crueldad, que ya sería suficiente, es la impunidad con la que esa crueldad se disfraza de identidad nacional.

 

Hablé hace un tiempo con un académico de psicología comunitaria sobre este concepto tan manoseado: la chilenidad. Él usó la imagen del témpano. Sobre la línea de flotación está todo lo que nos enorgullece mostrar, como el cielo azulado, la cueca, la bandera, el vino tinto, los huasos. Un paisaje feliz que nos da pertenencia y seguridad. Pero bajo el agua, invisible y mucho más grande, está la otra parte, un concepto acuñado a fines del siglo XIX por élites militares y latifundistas, eurocéntrico, homogeneizante, patriarcal, construido sobre la lógica del fundo y de quien lo administra, como si las personas y los animales fueran parte del inventario.

 

Las carreras de galgos son, en ese sentido, un fragmento perfecto de esa parte sumergida. No hay nada de "campo" ni de "pueblo" en inyectarle anabólicos a un animal hasta deformarlo, ni en cortarle las orejas, ni en abandonarlo bajo la lluvia cuando ya no rinde. Lo que hay es la misma relación de poder que ha organizado durante siglos al país desde el fundo: alguien que decide quién vale y quién se desecha, disfrazado de tradición popular para no tener que dar explicaciones.

 

Es cómodo llamarlo tradición. La tradición no se cuestiona, se hereda; y lo que se hereda no exige responsables. Pero la tortura, cuando se nombra tortura, sí los exige. Y sin embargo, la Cámara de Diputadas y Diputados vuelve a aplazar, semana tras semana, la discusión sobre las carreras, sin que quienes legislan hayan pisado jamás uno de los más de 200 canódromos que existen en Chile. Se puede legislar sobre el papel, precisamente porque nunca se ha estado ahí para ver al perro que no puede pararse después de la carrera.

 

He llorado por perros que no eran míos y que, en rigor, tampoco lo son de nadie: son de un sistema que los produce, los usa y los abandona, mientras el país discute si eso se llama deporte, tradición o, simplemente, lo que es. Mientras el Congreso siga sin prohibir las carreras de galgos, seguirá avalando esa parte sumergida del témpano que preferimos no mirar. 

 

*Daniela Suau Contreras es periodista y columnista de DeNota

 

Etiquetas: #Política
189 vistas

Artículos Relacionados