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Gobernar no es gratis

Esta semana, el columnista de DeNota Sermo Ferox aborda una polémica contratación, muy alejada de las promesas antinepotismo del Gobierno de Kast. Poder y familia.

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Aysén
Gobernar no es gratis
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Por Sermo Ferox

 

En Aysén pasan cosas extraordinarias. No porque seamos una región remota, golpeada por el clima, la conectividad o el centralismo. No. Lo verdaderamente extraordinario es la velocidad con que algunos descubren las ventajas de administrar el poder ajeno. 

 

Existe una vieja regla no escrita en política: los cargos de elección popular representan la voluntad ciudadana; los cargos designados representan la voluntad de quien manda. En teoría, ambos mundos conviven. En la práctica, parece que en el Gobierno Regional la teoría fue archivada junto a las promesas de campaña, porque cuando un consejero electo renuncia para asumir un cargo de confianza, cuando una autoridad salta de un puesto a otro según las necesidades del momento, y cuando los movimientos se suceden con la precisión de un reloj suizo, uno comienza a sospechar que las elecciones son apenas una sugerencia y que la verdadera democracia está planificandose en las oficinas del gobernador. 

 

La ciudadanía vota. El patrón distribuye. Y así, mientras algunos ingenuamente creían que los cargos públicos existían para representar a la comunidad, resulta que también sirven para resolver asuntos mucho más urgentes: acomodar piezas en el tablero, mejor aún si esas piezas son familiares directos. 

 

Aysén tiene pocos habitantes, pero aparentemente suficientes cargos para ensayar una coreografía permanente de enroques, nombramientos y reasignaciones. Un verdadero ballet administrativo donde siempre aparecen los mismos bailarines, aunque cambie la música. Particular admiración merece la capacidad del sistema para descubrir talentos ocultos. Personas cuyas habilidades permanecieron invisibles durante años y que, casualmente, florecen justo cuando se abre una vacante en el Estado. Una maravilla estadística, o bien, obra divina. 

 

Es el caso de la incorporación de la esposa del gobernador a una unidad técnica de la Seremi de Salud. Evidentemente, nadie podría insinuar que existe algo cuestionable en aquello. Al contrario. Quizás la epidemiología moderna ha evolucionado tanto que ya no requiere únicamente conocimientos sanitarios o científicos. Tal vez la próxima revolución de la salud pública consista en abordar los virus y epidemias mediante la orientación familiar. La ciencia avanza a pasos agigantados, bien por el gobernador que se adelantó a aquello. 

 

Los mal pensados dirán que se trata de una designación cuestionable. Pero esos mismos mal pensados olvidan que el sacrificio de gobernar Aysén debe tener algún tipo de compensación. No cualquiera sobrevive a reuniones, ceremonias, fotografías y puntos de prensa con solo el sueldo. El servicio público exige mártires.

 

Lo más fascinante, sin embargo, no son los nombramientos. Son los discursos, porque la política chilena ha perfeccionado el arte de prometer una cosa y ejecutar exactamente la contraria sin experimentar el menor pudor. Se promete terminar con el amiguismo. Luego aparecen los amigos. Se promete profesionalizar el Estado. Luego aparecen los cercanos. Se promete hacer política distinta. Luego aparecen las mismas prácticas de siempre, aunque acompañadas de un logo nuevo y mejores fotografías.

 

El problema no es que ocurra. El problema es que ya nadie parece sorprenderse.

 

En una región donde miles de personas deben competir legítimamente por un empleo, acreditar experiencia, cumplir requisitos y someterse a procesos de selección, la señal resulta difícil de ignorar. Hay ciudadanos que hacen fila. Y hay ciudadanos a los que se les avisa cuando se abrirá la puerta, y a que hora llegar. Mientras tanto, los habitantes de Aysén observan el espectáculo desde la galería. Algunos con resignación, otros con rabia, muchos con esa mezcla tan patagónica de incredulidad y cansancio que provoca ver cómo cambian los gobiernos pero sobreviven las costumbres.

 

Porque al final, el problema no es una persona ni un nombre propio. El problema es una cultura política que considera el Estado como una extensión de la red de afectos, amistades y lealtades personales. Una cultura donde la cercanía pesa más que el mérito y donde las promesas electorales ya están siendo consideradas figuras literarias. 

 

Quizás algún día entendamos que los cargos públicos no son premios, que las instituciones no son agencias de empleo familiar y que el poder existe para servir a los ciudadanos, no para organizar cómodamente la vida de quienes lo ejercen.

 

Mientras tanto, el patrón sigue ordenando el tablero, y los peones, obedeciendo.

Etiquetas: #Política
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