Por Sermo Ferox
Hubo un tiempo en que las autoridades necesitaban gobernar bien para construir prestigio y trascender. Hoy basta con un buen community manager. Entre un reel bien editado, una historia con música épica y un carrusel de fotografías abrazando vecinos, pareciera que la gestión pública dejó de medirse por resultados para comenzar a medirse por alcance, interacción y tasa de engagement.
Desde concejales hasta las más altas autoridades regionales han comprendido que gobernar desde el celular suele ser mucho más rentable que hacerlo desde la oficina. Las redes sociales, por supuesto, son una extraordinaria herramienta de comunicación. El problema comienza cuando reemplazan al debate político, cuando un video de treinta segundos pretende tener más autoridad que un dictamen de Contraloría, un informe de ejecución presupuestaria, una sentencia judicial o una votación democrática.
Ciertamente los nuevos influencers con cargo público cuentan con sus guardianes, que ya no visten armaduras ni portan lanzas: administran páginas, perfiles sucedáneos y supuestos medios de comunicación cuya independencia resulta tan creíble como un billete de tres lucas. Su misión consiste en transformar cualquier crítica en una campaña de odio, cualquier pregunta en un ataque personal y cualquier error en una brillante estrategia de liderazgo, siempre, dejando a la autoridad en un rol de mártir ante destemplados políticos que no valoran el costo del progreso.
La realidad, sin embargo, tiene una desagradable costumbre: termina apareciendo.
En Coyhaique, por ejemplo, el Concejo Municipal aún parece dividido entre quienes entienden la fiscalización como una obligación legal y quienes la consideran una grosería protocolar. En medio de ambos bandos, el Alcalde ha construido una narrativa digna de estudio. Bajo esa lógica, cada cuestionamiento confirma su grandeza, cada observación administrativa demuestra que está cambiando la historia y cada controversia no sería más que la reacción desesperada de quienes añoran un pasado oscuro del que solo él puede rescatarnos. Es una estrategia brillante, convierte las dudas en persecución, las observaciones en envidia y las controversias en medallas de honor. Cualquier inconveniente administrativo o político puede ser resuelto con una fotografía inaugurando algo, anunciando futuros proyectos, saludando a alguien o recorriendo un barrio. La gestión se convierte así en una producción audiovisual permanente, donde el conflicto nunca desaparece: simplemente cambia de filtro.
Ahora bien, si hablamos de relatos cuidadosamente construidos, el Gobernador Regional merece un capítulo aparte.
Llegó prometiendo una revolución administrativa, una ejecución presupuestaria ejemplar y un desarrollo regional que haría sonrojar a naciones europeas. La realidad, siempre tan poco considerada en las promesas electorales, ha sido bastante menos épica. La evidencia ha abierto incómodas preguntas, continúan los nombramientos de familiares en cargos sin concurso ni sorteo y el inagotable reciclaje de figuras políticas ya prehistóricas han terminado ocupando más espacio que los anuncios de inversión u obras concluidas.
Paradójicamente, muchas de las críticas que hoy recibe son exactamente las mismas que él formulaba con vehemencia cuando vestía la camiseta de candidato, con la superioridad de quien si sabe hacer las cosas bien. La diferencia es que antes las cifras demostraban incompetencia ajena; ahora parecen simples dificultades heredadas, culpa del gobierno central, del Consejo Regional, de la burocracia o, en el peor de los casos, de una misteriosa conspiración universal. La autocrítica continúa siendo la única política pública cuya ejecución permanece en cero por ciento.
Eso sí, nadie puede negar sus fortalezas comunicacionales. Entre cebadas de mates, sonrisas por doquier, transmisiones en terreno y un permanente despliegue en redes sociales, el Gobernador ha logrado algo notable: que muchas veces la imagen de movimiento termine sustituyendo al movimiento mismo.
Y si de supervivencia política hablamos, resulta imposible omitir al senador Calisto.
Pocos dirigentes han demostrado semejante capacidad para mantenerse políticamente a flote mientras sobre su entorno se acumulan controversias, investigaciones y declaraciones cruzadas. La discusión pública deja de girar sobre los antecedentes y comienza a concentrarse en la supuesta persecución que enfrentaría. Sus seguidores -a excepción de quienes ya han entregado información a la fiscalía- disciplinados como pocas veces se observa en política, reaccionan con una fidelidad admirable: cada publicación se transforma en un acto de desagravio, cada comentario crítico confirma la existencia de enemigos y cada aparición pública reafirma que, para una parte importante de su audiencia, la popularidad parece ser una categoría superior a la presunción razonable que merece cualquier investigación.
Vivimos tiempos curiosos. La comunicación ya no acompaña a la gestión; muchas veces la reemplaza. El algoritmo termina ocupando el lugar de la evidencia y la popularidad digital comienza a competir con las instituciones republicanas.
Mientras tanto, Coyhaique sigue esperando respuestas bastante menos fotogénicas. La ejecución presupuestaria regional continúa siendo motivo de preocupación; el Concejo Municipal permanece atrapado entre quienes fiscalizan y quienes sonríen ante todo escenario y las necesidades ciudadanas no disminuyen ni se resuelven por la cantidad de likes obtenidos en una publicación.
Quizá estamos entendiendo mal la política contemporánea, tal vez ya no importa administrar bien, sino parecer que se administra bien, tal vez la transparencia consiste en transmitir en vivo, tal vez la rendición de cuentas se resume en una historia de Instagram. Y tal vez, solo tal vez, hemos elegido influencers para cargos donde todavía se suponía que necesitábamos autoridades.