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Los últimos días de Víctor, el último día de Víctor

Este 11 de septiembre, el músico Alonso Núñez nos hizo llegar esta reflexiva columna sobre los últimos días del gran creador de la canción popular chilena, un necesario ejercicio de memoria contra todo negacionismo.

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Los últimos días de Víctor, el último día de Víctor
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* Por Alonso Núñez Lara

 

Sobre todo en estos tiempos es necesario hacer memoria. Volver a abrir los espacios que hasta hace un tiempo se creía que la sociedad entera comprendía, esos lugares en donde se suponía que nadie quería volver. Pero en cierto modo volvimos. Independientemente cómo (con o sin bots) el triunfo de la derecha chilena fue un golpe bajo a toda la narrativa que suponíamos, nos venía sanando de las secuelas de uno de los episodios más oscuros de la historia del país. Ese tiempo en que se usó todo el aparataje del Estado para ideologizarlo y someter mediante la desaparición, la tortura y la muerte a toda y todo aquel que caminara por la vereda de la justicia social.

 

Han de saber, quienes justifican el horror usando la morbosa “hipótesis” de que “fue una guerra de dos bandos”, que no hay poderío que se le pueda igualar a la fuerza del Estado, por eso son los Estados y los Ejércitos los que acuden a las guerras, nunca la sociedad civil. Entonces, ideologizar sobre todo desde el horror, usar ese poderío para bombardear a un presidente y desde ahí escribir este miserable capítulo, es quizás un lugar del que la Derecha chilena no podrá desprenderse jamás. Fueron ellos, su pasado y quién iba a pensarlo, este presente quienes hoy por hoy siguen venerando la figura del Dictador y con ella, todo un pasado de violaciones y horror. 

 

Fueron en contra de todo lo que no les cuadraba, vieron enemigos no solo en la organización social, barrial, popular, sino también en los libros que quemaban y en los artistas que se dedicaron a escribir y cantar a todo el proceso popular que antecedió el siniestro golpe de Estado del 11 de Septiembre de 1973. Porque así como hay artistas que reivindican la dictadura y sus noches oscuras, como Patricia Maldonado o Pablo Herrera, también hay y hubo otros que volcaron su mirada al mundo popular de la época y quisieron dibujar, cantar y dejar registro de aquello.

 

Hasta ese fatídico día, Víctor Jara desarrollaba labores de músico e investigador , en su libro “Canto de las estrellas” el investigador David Spener señala que fue el trabajo etnográfico el que abrió las ventanas a las nuevas canciones de Victor, por ejemplo, el aclamado disco “La población” (1972) fue un trabajo que nació desde “entrevistas que Jara hizo a residentes de muchas de las poblaciones “callampas” que habían brotado en ese tiempo en los alrededores de Santiago”. Este proyecto, según detalla el autor, fue emprendido “gracias a la invitación de un poblador que le había pedido componer unos temas sobre las experiencias de miles de pobladores que vivían en esos asentamientos provisionales. “Lo único que tengo”, “Luchín” y “El hombre es un creador” son canciones que fueron compuestas a partir de esa experiencia. 

 

Victor visitaba a menudo estas poblaciones y habría generado una amistad natural especialmente con los habitantes de la toma de la población Herminda de la Victoria y con grabadora en mano se habría hecho de las historias que dieron forma finalmente a uno de los discos soporte del movimiento de la Nueva Canción chilena y considerado además como parte de sus más grandes obras. 

 

Fiel a su método se sabe que Victor Jara se encontraba, para el año 1973 y previo a su asesinato, viajando cada cierto tiempo a la zona del Alto Bio Bio, dato que fue descubierto por el músico de Inti Illimani, José Seves quien cuenta haber estado de vacaciones por la alta cordillera y en un viaje a caballo un baqueano les mostró una fotografía de Víctor Jara por entre los cajones. Según cuenta Seves, el dueño de la fotografía les contó: “Pues si, Victor pasó por aquí hace unos meses. Andaba buscando información sobre la tragedia de Ránquil, quería conocer más de esa historia y conocer a esos viejos sobrevivientes”. 

 

Tragedia ocurrida en 1934 ante una rebelión mapuche/campesina “que vivían sin derechos fundamentales en una especie de esclavitud, como en la Colonia, que habían estado exigiendo tierra para trabajar, se sumaron en un solo esfuerzo con los obreros que trabajaban en la construcción del tunel del ferrocarril, con los mineros de los lavaderos de oro de la precordillera y con las comunidades Mapuche que luchaban por detener la usurpación de sus tierras y la matanza de la que venían siendo objeto. El Gobierno de la época y los migrantes colonos se habían propuesto la misión de “civilizar esas tierras”. Un gran contingente de Carabineros llegó en tren a hacer cumplir la orden de “no dejar a nadie vivo”. Nunca se supo la cantidad de muertos exacta, pero se estimó entre 200 y 400 que cayeron tratando de defenderse de la furia Estatal por entre riscos y quebradas. 

 

Victor Jara cada cierto tiempo desaparecía del mapa capitalino y de la importante escena de la que formaba parte para viajar al sur a investigar, constantemente estaba siendo invitado y al igual que Violeta Parra, su mentora, no solo se interesó por la música popular del chileno criollo, sino también por historias y personajes que conoció deambulando por la Araucanía, como el caso también de “Angelita Huenumán”, canción dedicada a una fina tejedora mapuche que habría conocido a orillas del Lago Lanalhue. 

 

En el último año de vida, Victor viajó al alto Bio Bio por invitación de la Confederación Ránquil, un sindicato de agricultores para conocer a los descendientes de la matanza, quienes pudieron llevarlo hasta el lugar en donde la gente aún recordaba que había ocurrido la matanza y en ese lugar le pidieron que les escribiera una obra “como lo había hecho para los pobladores de Santiago” y según cuenta la viuda de Víctor, Joan Jara:

“Victor quería hacerse de todas esas historias y sonoridades e imaginaba todo aquello en un texto poético, en su mente, empezó a abrirse paso una idea clara [...] una obra que habría puesto de relieve el carácter de los protagonistas, el drama de la lucha, el remoto y abrumador paisaje en el que había ocurrido y la herencia cultural de aquellas gentes postergadas y perseguidas” y enfatiza, “fue uno de los muchos proyectos que no pudieron realizarse: Victor trabajaba en eso en Septiembre de 1973”. 

 

Finalmente, el día 11 de Septiembre de 1973, Victor Jara fue detenido en la Universidad Técnica del Estado, trasladado al Estadio Chile, campo de prisioneros a cargo de la rama golpista del Ejército, lugar en donde fue brutalmente torturado y golpeado en sus manos con la culata de un fusil hasta quebrarle los dedos además de otras torturas. El 15 se Septiembre fue separado de otros prisioneros y finalmente asesinado. La autopsia declara que su cuerpo tenía 44 orificios y 32 eran de bala. Su cuerpo fue encontrado en las inmediaciones del Cementerio Metropolitano por unos pobladores. El asesinato fue perpetrado por Agentes del Estado y se concluyó que Jara había sido ejecutado al margen de todo proceso, descartando la explicación oficial de la época, según la cual habría muerto producto de disparos indiscriminados durante enfrentamientos.



Por eso, hablar hoy de los últimos días de Víctor Jara no es solamente volver sobre su asesinato, sino también sobre todo aquello que quedó suspendido con su muerte. Quedaron canciones, investigaciones, historias recogidas en el camino y, entre tantas otras cosas, el testimonio vivo de un artista que imprimió su compromiso no solo en los escenarios o en las redes sociales de la época. Víctor fue asesinado por ser también un artista que miraba, escuchaba y daba lugar a las historias de quienes habían sido históricamente silenciados. 

 

Recordarlo hoy implica entonces algo más que reivindicar su figura: implica defender la memoria de esas historias, de esos territorios y de esas personas, especialmente cuando nuevamente aparecen discursos que relativizan o justifican la violencia ejercida por el Estado. Volver a su obra y a revisar su vida es también el ejercicio de preguntarnos qué hacemos entonces con la memoria cuando a la voz oficial del presente, le es conveniente borrarla. 

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Referencia gráfca:
Chaparro, M., Seves, J., & Spener, D. (2013). Canto de las estrellas: Un homenaje a Víctor Jara. Ceibo Ediciones.

 
* Alonso Núñes Lara es músico
 
Etiquetas: #Cultura #Política
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